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«Quien no conoce Estambul, no conoce el amor».
Yahya Kemal Beyatlı.
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Carlos Flores Arias – Yahya.
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Carlos Flores Arias -Yahya.
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Hoy Arzu ha dicho la siguiente cita: «Tu tiempo es limitado, de
modo que no lo malgastes viviendo la vida de
alguien distinto. No quedes atrapado en el dogma, que es vivir como otros
piensan que deberías vivir. No dejes que los ruidos de las opiniones de los
demás acallen tu propia voz interior. Y, lo que es más importante, ten el
coraje para hacer lo que te dicen tu corazón y tu intuición. Ellos ya saben de
algún modo en qué quieres convertirte realmente. Todo lo demás es secundario» (Steve
Jobs).
Mi respuesta, aunque algo redundante, fue simple: «Steve Jobs pone muchas palabras porque cuando una persona
sigue su corazón, es rechazada por otra gente y la soledad es el precio a pagar
muchas veces. Pero hermana, uno debe ser el primero en aceptarse a sí mismo. Quien
te quiere de verdad, te quiere tal como eres, sin cambiarte y el resto, son
sólo palabras. Saludos».
Ahora, pensándolo bien, me doy cuenta de que muchas veces la gente
espera que frente a determinada circunstancia reaccionemos de la manera que
socialmente se considera correcta, pero hacemos todo lo contrario o algo
inesperado porque algunos no queremos vivir obsesionándonos por la opinión de
los demás.
Me pasa por ejemplo cuando comento que quiero volver a Turquía InşAllah
lo antes posible. La mayoría de quienes me rodean no pueden entender por qué me
gusta tanto ese lejano país e intentan convencerme de que lo más lógico sería
adaptarme a vivir en Chile porque no tengo otra opción debido a mi discapacidad
física y la falta de oportunidades que obviamente significaría estar allá.
En el fondo, lo que se nos pide es resignarnos a que supuestamente
no podremos llegar más lejos del lugar donde siempre hemos estado, como si
fuésemos un brote de mala hierba en medio del bosque y no pudiésemos aspirar a
convertirnos en menta silvestre o lavanda para ser mejores.
Así lo interpreto yo y sólo por ese lado aunque seguramente alguien
más podría tomar otro extremo de esta madeja. Pero por otra parte, ciertamente
a veces no sacamos nada escuchando nuestros corazones, porque nos dicen algo
que nadie más en este mundo puede saber. Sin embargo, habemos quienes siendo
imprudentes por naturaleza, creemos ingenuos que ir por la vida enseñando el
corazón es lo mejor que podemos hacer.
No, señoras y señores. No se engañen aquellos que como yo, tienen
la política de honestidad total en cuanto a las emociones, porque la gente casi
nunca valora los sentimientos ajenos y se sufre demasiado cuando algunos le
dicen a uno que la vida debe ser de una manera cuadrada cuando en realidad
deseamos la redondez.
¿Por qué hay tanta gente sola en este mundo? Pues porque todos
somos pobres inadaptados. Por un lado, estamos los idealistas que creemos en la
bondad de un sentimiento y sufrimos desilusiones constantemente. Por otro,
están quienes han postergado tanto sus emociones ante el temor de ser
rechazados, que en determinado momento sus corazones entran en coma y sólo
escuchan a sus pasiones.
Hoy mismo vi en otra entrada de este blog el comentario de una tal
Claudia, quien muy simpática me decía que soy un aporte. La verdad es que
cuando escribo, no busco el reconocimiento masivo ni los elogios fáciles, pero
por otro lado y para ser honesto, es gratificante saber que mis palabras llegan
a alguien con su significado y pueden servirle para ser mejor persona,
aceptarse tal como es, abrazar su verdad y seguir luchando por una causa que
quizás creía perdida antes de leerme.
¿Por qué no? Ciertamente yo mismo muchas veces he creído que mi
propia causa está perdida, porque las emociones son todo mi capital y en
ocasiones, algunas personas en quienes creí me dejaron luchando solo. Pero aquí
estoy.
He sufrido mucho durante los últimos ocho meses por algunas
derrotas emocionales que en su momento me derrumbaron completamente. Además, hay
dos personas en mi vida a quienes estimo mucho y el cáncer llegó hasta ellos
como una fría sombra de invierno. Ante eso, debí dejar de lado mis propias
penas y soledades para levantar la cabeza lo más que pudiera. ¿Pero dónde están
mis afectos ahora? Es algo que inevitablemente me pregunto algunos días, cuando
sólo quisiera quedarme acostado sin hacer nada y a pesar de todo, no puedo.
¿Con qué moral podría pedirles a los demás que siguieran luchando
contra las adversidades, si me rindiera? Es muy bonito lo que dice Steve Jobs;
realmente es lo que cualquier soñador como yo quisiera escuchar. Pero a veces
en la vida, debemos postergarnos a nosotros mismos por el bien común y esperar
que más adelante, se nos presente la oportunidad de ser felices.
Jobs habla de los dogmas como maneras impuestas de vivir. Ahora estoy
pasando por una etapa muy difícil de mi vida en la cual esperaba que me
apoyaran algunas personas importantes, que por propia voluntad se han distanciado
física y emocionalmente para continuar con sus vidas sin mí. Ante esto y aunque
algunos puedan estar en desacuerdo, debo reconocer que la religión me ha
sostenido o Allâh (swt) más bien.
Nunca es bueno esperar que personas humanas y por lo tanto,
imperfectas como nosotros, sean centrales. Luego se van, motivados por
cualquier razón o simplemente porque ya no nos quieren y ahí quedamos, desnudos
frente a la vida en medio del inclemente frío. Cuando pasamos por
circunstancias difíciles, no nos podemos permitir el lujo de que otro humano
ordene nuestros sentimientos, porque hay quienes pueden necesitar nuestra ayuda
o apoyo y debemos estar bien para ellos o al menos, vernos estables.
En este sentido, Jobs tiene razón, pues interpretando sus palabras
diría que debemos hallar nuestro propio centro y no dejar que otro nos lo
enseñe. Es la única manera de que podamos ser un aporte para los demás y al
mismo tiempo, dirigirnos hacia nuestro horizonte personal.
Empero, no puedo dejar a un lado el hecho de que como siempre
digo, la felicidad sólo es verdadera si se comparte. Ya olvidé dónde escuché
por primera vez esa frase, pero encierra una gran verdad. Cuando uno está o se
siente solo, no es feliz aunque tenga aquello que siempre ha soñado. En mi
caso, hasta hace ocho meses mi principal motivación mundana era regresar a Estambul,
no porque sea una ciudad preciosa sino por la gente que dejé allá. Sin ellos
Turquía sería solamente un país más entre tantos, pero muchos no entienden que
mi verdadera alegría está en los afectos y no en los lugares. Mi Estambul
particular es donde ellos estén.
Hay veces en la vida, como ahora, en que la tristeza y la soledad
sólo pueden combatirse con ayuda de Allâh (swt) y la esperanza de que nuestro
sueño se haga realidad, pero podamos compartir nuestra felicidad con aquellas
personas que amamos, estén en Turquía, Chile o cualquier otra parte. ¿Qué caso
tendría seguir luchando si no fuera de ese modo? ¿Alguien más se siente así o
soy el único?
«Lo
terrible no es que te deje; lo terrible es que te deje de querer», decía el
periodista José Antonio Neme hace algunas semanas en el matinal Mucho Gusto de
Mega, hablando sobre la ruptura en las relaciones y de cómo a veces sabemos que
esa persona ya no quiere saber nada de nosotros, pero insistimos en llamarle o
escribirle con cualquier pretexto para saber si la puerta todavía está abierta.
En ocasiones, lo único que conseguimos es que nos saque de su vida
definitivamente a patadas porque nos transformamos en un estorbo. Es la pura
verdad aunque suene triste decirlo.
A veces esto no sólo sucede en las
relaciones amorosas sino también en las amistades. No podemos evitar sentirnos
solos cuando sabemos que tenemos amigos pero por alguna razón, se alejan de
nosotros sin que el problema sea evidente. Se callan, se distancian y ahí
quedas, en el aire suspendido.
Mamá dice que las amistades no son eternas
como dicen mis amigos turcos, pues las circunstancias a veces rompen un
sentimiento genuino tan hermoso, que quisiéramos conservarlo para siempre pero
no se puede, porque todo acaba en esta vida aunque no nos guste.
El Sr. L por su parte, habiéndome
visitado un día en casa, me dijo que yo idealizaba las amistades. Es fácil para
él decirlo porque no espera mucho de nadie, como tampoco deja que uno se haga
demasiadas expectativas de él o así era mientras fuimos amigos, a no ser que
durante estos tres últimos años algo extraordinario haya pasado y tenga otra
perspectiva de las relaciones humanas. La verdad es que no solamente idealizo
los afectos sino también a las personas olvidando que todos somos imperfectos y
que generalmente lo más fuerte de la personalidad son nuestras debilidades o
defectos.
La vida me ha enseñado a golpes que no
podemos comprometernos emocionalmente al punto de quedar destruidos si la
relación se acaba. Tampoco podemos ser completamente honestos al extremo de ir
por la vida mostrando el corazón. Nadie valora eso y queda demostrado
fehacientemente cuando a pesar de tus virtudes, alguien te patea el trasero sin
importarle cómo quedes.
«La mucha
bondad es causa de menosprecio»decía
siempre Karina Züleija cuando todavía nos veíamos. La frase me hace mucho
sentido ahora, pues mientras mejor trates a un amigo más es el daño que te hace
al sacarte de su mapa o desaparecer del tuyo sin darte explicación alguna.
Debo reconocer que a lo largo de mis
ya treinta y tres años en esta vida, me he decepcionado de mucha gente que
aparentaba ser emocionalmente madura y sin fobia al compromiso. Pero
tristemente he aprendido que a veces esas amistades de la infancia o incluso la
adolescencia, sólo duran un corto período mientras sean frecuentes los
encuentros y después, todo queda en silencio. No terminas formalmente la
relación pero de algún modo, sabes que no sigue adelante.
Éste es un patrón que repetiremos el
resto de nuestras vidas, siendo muy raras las ocasiones en que podamos cerrar
un círculo o dar por terminado un ciclo afectivo formalmente. ¿Será que uno
también debería divorciarse de los amigos cuando la amistad no resulta por diferencias
irreconciliables? ¿Y cómo podemos determinar cuándo estamos frente a esas
diferencias? Tal vez en la mayoría de los casos, rescatar un afecto sólo
dependa de ejercitar nuestra tolerancia y saber disculpar al otro si se
equivoca, comprendiendo que nadie en este mundo está libre de cometer errores y
a veces, metemos la pata habiendo querido hacer lo mejor sin darnos un buen
resultado.
«Quien
tiene un amigo, tiene un tesoro», reza el viejo y conocido refrán. Pero
a veces no valoramos esta posesión tan incomparable y como todo recurso en esta
vida, ocasionalmente la amistad también se acaba. El que dijo por vez primera
esta frase, seguramente nunca tuvo un amigo que lo apuñalara por la espalda o
lo desechara como trapo viejo cuando ya no le era útil. Pero hoy en día, con
las mal llamadas redes sociales, consideramos amigas hasta a las personas que
acabamos de agregar sólo porque coincidimos en algunas cosas y creemos que
incluso podremos hallar a nuestra alma gemela. Sí, claro…, como si la gente no
pudiese mentir en Internet. Nos mienten a la cara y con mayor razón de otras
maneras.
Las cosas como son. Hay gente
traicionera en este mundo a la cual no le cuesta nada rodearse de gente y ser
populares, sólo porque saben afirmarse bien la máscara. Mientras que otros,
siendo honestos están completamente solos. Y habemos quienes estamos en un
punto intermedio, pues a veces nos topamos con personas siniestras pero por lo
general, quienes nos rodean sirven también de escudo, porque nos quieren.
Yo tengo pocas amistades, pero buenas
y sé que si alguien me hace daño, reaccionan igual que desatando dos huracanes
Katrina. En realidad lo prefiero a estar rodeado de personas que dicen ser mis
amigos pero sólo están de paso. a veces me siento muy solo y tal vez se deba a
mi carácter melancólico para lo cual, ser escritor y estar lejos de Turquía no
me ayuda mucho, sino todo lo contrario.
Ciertamente tratándose de una amistad,
hay errores imperdonables aunque pocos como por ejemplo, la traición que
alguien nos hace intencionalmente con el fin de obtener algo, sacar provecho o
alcanzar un fin. Pero otras veces y casi siempre, perdemos las mejores
amistades porque somos incapaces de disculpar pequeños tropiezos, pues nos
gusta agrandar las faltas de otros mientras que las propias siempre nos parecen
nimiedades. En ese sentido, muchas veces exageramos el daño causado porque nos
impulsa nuestro maldito orgullo e incurrimos en faltas más graves que el error
mismo, como terminar abruptamente una amistad porque algo se dijo, callaron un
secreto personal o simplemente cualquier cosa nos parece una afrenta.
He sabido de casos, muchos, en los que
amistades se han roto porque una de las personas va más allá y se confunden los
sentimientos. Sí, es un asunto delicado, especialmente cuando el confundido
siente que le han dado señales para confundirlo. ¿Pero qué ser humano puede,
desde su imperfección, decir cómo debe sentir otro? Hay gente que no puede
iniciar una amistad con alguien sin pasar por la cama antes o al menos, tantear
terreno, y después nadie se hace cargo de los sentimientos que despierta. En ese
caso, y ésta es mi opinión personal basada en la experiencia, quien debiera dar
una patada no es aquella persona que sedujo, sino más bien la seducida, por
dignidad. Pero todos sabemos que los enamorados no tienen esto último. Ahí es
donde la ecuación falla y no llegamos al resultado de la incógnita.
«A una
mujer te puedes acercar por el camino de la amistad o el de la pasión. Pero cuando
has escogido un camino, no puedes cambiar al otro», me dijo
mi hermano una vez cuando todavía era adolescente y se me quedó grabado, aunque
mi brújula suele llevarme a encrucijadas. Y claro, como uso silla de ruedas, a
menudo mis amistades se truncan porque en la senda que señaló Iván, las ruedas
se me desinflan o voy cojeando.
¿Y no será que algunas personas
incitan a otras a confundir la amistad para arrepentirse luego, porque también
están confundidos pero de otro modo? Digo que todos somos capaces,
conscientemente o no, de despertar sentimientos en otros e ir más allá de la
amistad, pero a veces no existe la intención de expresarlo o es tan efímero,
que no se le da la suficiente importancia. Sin embargo, cuando realmente
estamos vinculados a alguien que no nos corresponde, le doy la razón a José Antonio
Neme diciendo «Lo terrible no es que te
deje; lo terrible es que te deje de querer».
Tengo rabia. Quien siempre
me lee sabe de sobra que despotrico contra todo tipo de discriminación y me
concentro especialmente en algunos casos particulares. Esta tarde me contactó
por Facebook una rumana llamada M. E. Bleotu, que a su vez, es amiga de L. Altun.
Al principio fue agradable porque comenzamos a charlar sobre algunos
comentarios que el turco publica en su biografía, pero lentamente la
conversación se fue desviando perversamente hacia sus insinuaciones maliciosas
acerca de por qué el osmanlí supuestamente no tiene amigos europeos agregados
sino sólo mujeres latinas… Lo cierto es que efectivamente tiene amistades
europeas y no pocas.
El Islam prohíbe las
murmuraciones (chismes, habladurías) e intenté desviar el tema para hablar
sobre Rumania. Sin embargo, comenzó a decir que los turcos eran un pueblo
barbárico y se basó en el hecho de que por ejemplo, los padres turcos escogen
la esposa de su hijo. La corregí diciéndole que si bien se acostumbra, no es
una obligación que el hijo acepte la propuesta de sus padres y en Occidente los
hijos no permiten que nadie se meta en sus vidas, pero como resultado de ello,
llegan solteros a los cuarenta años y sin ánimo de establecerse. Insistió diciendo
que ella tenía muchos amigos turcos. ¿Pero cuántos turcos habré conocido yo
durante catorce años amando Turquía?
Como no pudo
dejarme callado, siguió diciendo que los turcos eran demasiado tradicionalistas
para algunos asuntos. Yo objeté diciendo que en Chile sucede igual y un ejemplo
de ello es que todavía se mira mal a un homosexual o una madre soltera aunque
no se dice abiertamente y cuando la comunidad GLBTI intenta empoderarse socialmente,
en lugar de causar respeto provoca risa.
El tradicionalismo
en Turquía es parte de un ancestral sistema de vida apoyado por la milenaria
religión del Islam y las costumbres cultivadas culturalmente durante
generaciones. Por otro lado, en Occidente las tradiciones se han perdido debido
a un mal comprendido sentido del progreso y la modernidad, que nos invitan a
cambiar nuestros valores morales por una liberación extremada, pocas veces
abordada del modo correcto. Aquí conservar las tradiciones se relaciona a ser
anticuado.
M. E. Bleotu comete
el mismo error que mucha gente al criticar un sistema de vida distinto al suyo
sin considerar las diferencias culturales que no nos hacen ni mejores ni peores
sino sólo distintos. Se comete una equivocación mayúscula al viajar a Turquía
suponiendo que por ser un país occidentalizado, podremos encontrar una réplica
de nuestro propio país occidental. Estambul es una ciudad levantada sobre las
ruinas de Bizancio y Constantinopla; del mismo modo, la modernidad turca está
fundamentada sobre el respeto a las costumbres y tradiciones que hacen de
Turquía el país que es hoy. Además, cometemos el error de pensar que todo
comienza cuando nacemos, incluso nuestros países de origen como si no
tuviésemos pasado cultural.
Sin ceder ni un
milímetro en su implacable ataque, dijo que la barbarie turca procedía de las
masacres del Imperio Otomano. Entonces, le mencioné que todo imperio tiene sus
bases en episodios bélicos y los turcos habían participado en guerras. Sin embargo,
hubo otros imperios anteriores y simultáneos que masacraron gente en tiempos de
paz… Sobrados son los ejemplos. Además, sólo por mencionar detalles puedo decir
que durante el gobierno del Sultán Solimán el Magnífico, como se le llamaba en
Occidente, el Imperio Otomano alcanzó su cúspide de gloria y tanto fu así, que
la tolerancia ejercida a favor de los ciudadanos les permitió recibir en sus
tierras musulmanas a cristianos y judíos expulsados del Imperio Hispano por la
Inquisición española que durante tiempos de paz torturó, quemó en la hoguera,
ahorcó, ahogó, descuartizó y desterró a gente considerada hereje. ¿Necesito ser
más específico?
Vlad Dracul es
considerado un héroe patriótico rumano como los chilenos consideramos a
Bernardo O’Higgins. Sin embargo, bien sabidos son los oscuros episodios entre
los cuales se destaca que tenía un bosque de gente empalada. Muchos podrán
decirme que el príncipe valaco pasó gran parte de su juventud en una celda
turca, pero lo cierto es que no se puede afirmar a ciencia cierta que ésta sea
la causa originaria de su conducta sólo comparable a la de otras célebres
figuras históricas de poder como Atila, Gengis Kan o Napoleón Bonaparte sólo
por mencionar algunos.
Es cierto que en tiempos
de guerra se ven cosas horrorosas, pero se debe analizar el contexto y sus
particularidades, no únicamente decir que los turcos otomanos eran bárbaros,
porque es inexacto comparándolo con otros períodos históricos y gobiernos
mundiales.
Ya que se
vio perdida, comenzó a atacar mi religión porque y cito «La fe islámica es hipócrita
amigo. Tengo muchos amigos que han vivido con turcos en Alemania, Francia.
Allâh para arriba, Allâh para abajo Y tienen todas las relaciones
extramatrimoniales que quieren». No le quise decir que Estambul tiene muchas
prostitutas rumanas, porque sería ofensivo para mis amigos rumanos y además, no
se debe generalizar en ningún caso. Habría significado bajar a su nivel.
En lugar de eso, cerré la conversación
diciéndole lo siguiente: «Antes de que sigas... No es cortés insultar la fe de alguien. Creo
que tú y yo tenemos más diferencias que igualdades. Lo que haga un musulmán en
particular no te da derecho a decir que todo el Islam es hipocresía. No debes
olvidar que todos los humanos somos imperfectos, pero nuestros errores no
desacreditan nuestra fe».
Su última frase antes de bloquearla fue «Mañana seguimos, si quieres».
Desde luego que no
seguiremos debatiendo, porque además de cansarme con sus comentarios sobre L.
Altun acusándolo de mentiroso y sugiriendo que es adúltero, no podría ser amigo
de alguien que sin respeto alguno y desde la ignorancia opina descuidadamente
sobre el Islam sin importarle cómo pueda sentirme.
Es cierto que los
turcos a veces tienen un trato difícil y no sé cómo abordarlos. También es
verdad que algunos turcos me han decepcionado durante estos catorce años. No puedo
negar que he conocido musulmanes que han fornicado descaradamente y luego se
comportan como si nada. Pero no puedo comportarme como si por ser musulmanes,
los turcos debieran comportarse perfectamente, sin equivocarse nunca. Son seres
humanos imperfectos iguales a cristianos, judíos o gente de cualquier otra
creencia e incluso ateos y agnósticos.
Aquí mismo he
defendido la idea de valorar al ser humano y respetarnos unos a otros por
encima de nuestros errores, imperfección o limitaciones. Pero vivimos en un
mundo donde pecar es pan de cada día, siendo absolutamente incorrecto que M. E.
Bleotu hable de los turcos como si no tuvieran derecho a tropezar sólo por ser
musulmanes. He conocido a mucha gente que sentencia a los demás como si ellos
mismos estuviesen por encima de la imperfección humana. ¡Bah! Si M. E. Bleotu tiene tantos problemas para aceptar a los turcos, no debería buscar amigos en Turquía.
He resumido el
contenido de mi mochila. Ahora sólo tengo dentro tres tubos con azúcar por si
sufro alguna hipoglucemia, las llaves de mi casa, mi cédula de identidad y la
credencial de discapacidad para ser identificado por si sufro algún accidente
fuera o en caso de hacer trámites y el tesoro.
Hay cosas
materiales a las cuales les tenemos mucho apego aunque como musulmán, no
debería sentir amor hacia lo material e intento en lo posible obedecer esa
regla. Sin embargo, tal como en una mochila a veces ponemos carga extra de
cosas que quizás podríamos necesitar aunque no sea seguro, en la vida también
guardamos recuerdos de situaciones que deberíamos olvidar, pero no lo hacemos
porque nos marcaron a fuego.
En mi caso, ser
portador del tesoro –que traje de Estambul–, a veces significa recordar lo
bueno que viví allá pero también el alto precio emocional que debí pagar al
volver y quisiera sacarlo del compartimiento donde está guardado pero cada vez
que lo intento, no pasa un día antes de que vuelva a colocarlo donde mismo está
siempre.
No es un talismán
ni un amuleto porque el Islam prohíbe explícitamente llevar estos utensilios paganos.
Empero lo porto por la carga sentimental que tiene y para que
InşAllah algún día muy pronto pueda volver a Turquía, diciendo que aquel tesoro
siempre fue conmigo a todas partes o al menos, la mayor parte del tiempo desde
2011 a la fecha.
Otros no
valorarían el gesto y seguramente en estos tiempos modernos, cuando la gente
está tan descorazonada y sin valorar los vínculos emocionales, pueda parecer
estúpido cargar un artefacto aparentemente simple pero que en realidad, tiene
un significado más que un costo económico.
Si me
asaltaran en la calle, preferiría perder mi insulina pero no entregar el
tesoro. ¿Qué diferencia hay? Que el tesoro es irreemplazable y en cambio, si
pierdo la insulina podría sacar una nueva del refrigerador cuando llegara a
casa.
Para mí es
tan valioso, que está guardado dentro de una bolsa aterciopelada en el interior
de una segunda bolsa similar, que va en una caja cuyo tamaño le permite no
ocupar mucho espacio dentro del bolsillo en la mochila. ¿Ustedes tienen algo de
lo cual sientan que no pueden desprenderse, emocionalmente hablando?
Foto: Un joven trastornado pasea desnudo por una calle del Down Towm de Puerto
Príncipe (Haití), días después del terremoto que asoló el país. La
fotografía fue tomada el 4 de febrero de 2010. / CRISTÓBAL MANUEL.
¿Por qué la gente se deprime? Ismail
me dijo una vez que todas las enfermedades psicológicas eran producto de la
influencia demoniaca en el ser humano. Puede tener razón, porque una persona
depresiva pierde el deseo de seguir adelante, viviendo y aprendiendo,
disfrutando de lo que se tiene y agradeciéndolo. De hecho, hay que ser muy
fuerte para hallarse en ese estado sin rendirse.
En esta sociedad materialista donde el
consumo compulsivo de bienes materiales le ha robado espacio al desarrollo
espiritual y las auténticas emociones, resulta un verdadero reto darle valor a
lo intangible que muchas veces denominamos como la esencia de vivir, pero en
pocas ocasiones apreciamos como corresponde.
cuando era pequeño, resultaba normal
verme frente al televisor y llegaba un punto en el que mis padres me exigían
compartir con la familia, salir con ellos un fin de semana o tener algún
pasatiempo. Hoy las redes sociales y sistemas de mensajería instantánea han
reemplazado en parte a la televisión y desgraciadamente se ocupan en gran parte
de maleducar a los hijos, mientras los padres trabajan sin parar para consumir
o estudian algún posgrado pretendiendo conseguir un ascenso, ganar más dinero,
seguir consumiendo.
Es cierto que se me va la vida frente
al computador y hago muy poco en el día mientras espero la respuesta de alguna
editorial con respecto a mis novelas. Pero también es verdad que quienes
trabajan con horarios de oficina o teniendo remuneración, dejan de vivir por
trabajar y no les queda tiempo para nada. Es así como durante su niñez o buena
parte de la adolescencia, los hijos sólo ven expresado el cariño paternal en
obsequios cada vez más costosos pero a los cuales no se les tiene ningún
aprecio. Criamos entonces a seres cada vez más insatisfechos emocionalmente,
que exigen sin parar porque se les ha inculcado la idea de que aquel vacío
afectivo podría en algún momento, llenarse con cosas materiales de las cuales,
todas se acumulan en un rincón sin tener significancia alguna.
No nos damos cuenta de que mantenemos
un sistema de crianza en el cual el niño crece solo, sin apoyo, desvinculado
emocionalmente, padeciendo un leve autismo que se interrumpe únicamente cuando
esta frente a la computadora. Este ser autómata procesa los valores morales del
escaso ejemplo que ve en el diario vivir de su entorno familiar, las noticias o
películas. Por ahí escuché que gracias al cine contemporáneo de acción, a los
quince años una persona ya ha visto ochenta mil muertes violentas. No debería
extrañarnos que un adolescente permanezca indiferente ante la actualidad
noticiosa que acusa crisis bélicas en varias partes del mundo, pues el cine nos
vende la imagen de asesinos a sueldo que sólo matan gente mala, viven muy bien
y tienen vidas emocionantes por lo tanto, matar no debe ser tan malo.
Esto sumado al hecho de que la
explotación sexual ya no se restringe sólo a la mujer objeto, que ya era algo
catastrófico sino que ahora, además se ha erotizado increíblemente la presencia
masculina en los medios de comunicación masiva y para entregar todo tipo de
mensajes. Redunda esto en aumentar la incapacidad de vincularnos emocionalmente
incluso nosotros mismos, que ya bordeando los treinta años deberíamos tener un
criterio formado y no dejarnos influenciar demasiado por los cargados
contenidos sexuales hasta para vendernos un champú. Con mayor razón entonces
debería alarmarnos que niños de cuatro años ya estén capacitados para acceder a
Internet porque están familiarizados con la tecnología de un modo sorprendente
aunque funesto.
Si hoy vemos la paternidad en niños de
diez años, no quiero ni imaginar qué sucederá más adelante con aquellos chicos
que hoy a sus cuatro tiernas primaveras ya pueden ingresar a redes sociales,
usar una consola de videojuegos e incluso enseñarles a sus padres. Me parece
que vamos a pasos agigantados hacia una realidad social que cada vez será más
difícil de manejar sino imposible y nos superará.
En este contexto y sin ánimo de ser
alarmista, resulta lógico o hasta esperable que fenómenos como la depresión y
la ansiedad en sus diversas variantes, ya no sean exclusivos de gente adulta
sino que al contrario, se estén enfermando chicos cada vez más jóvenes. Eso sin
detallar las enfermedades sistémicas como hipertensión, diabetes, bulimia,
anorexia e inclusive el atroz cáncer que tanto nos asusta y con razón.
No quiero dejar pasar esta oportunidad
para mencionar el hecho de que, aunado al factor de ausencia paterna en los
hogares y con ello, la falta de autoridad moral, ahora nadie se ocupa ni
preocupa de inculcar valores ideológicos de tipo religioso a los niños. Con
excepción de las clases de religión que se imparten en cada colegio o liceo y
de las cuales cualquier estudiante puede eximirse, no hay ningún reforzamiento
desde el hogar. Por ello, estas clases que sólo se concentran en un catolicismo
mal impartido, siendo muy deficientes en la enseñanza de otros credos, no
bastan para despertar en el alumno un interés espiritual que pueda
desarrollarse con el fin de combatir hasta cierto punto los embates mundanales
del sistema.
Hemos llegado a tal indolencia, que
nuestra capacidad de ser empáticos con el prójimo se ha visto reducida
prácticamente a cero y si no me creen, vean pues otro fenómeno mediático incentivado
por las redes sociales: antes si ocurría un accidente, todos nos sorprendíamos
y hasta sufríamos el dolor ajeno; ahora podemos ver que alguien salta a las
vías del tren subterráneo y en lugar de ayudarle, le tomamos una foto mientras
los carros le pasan por encima, pera subirla a las redes sociales con algún
mensaje informativo. Ahora todos nos creemos periodistas del minuto noticioso,
pero somos incapaces de espantarnos, asombrarnos o conmovernos.
Hace pocos días leí en Yahoo! Noticias
el titular de un matrimonio que arriesgó la vida de su pequeño hijo, poniéndolo
al borde de un acantilado para tomarle una fotografía. Estuvieron a punto de
matarlo y lo que más les importaba era obtener la captura. A veces culpamos a
los demonios por nuestras desgracias y es tan fácil olvidar que la naturaleza
humana tiene luz y oscuridad, pero la mayor parte del tiempo le hacemos más
caso a lo segundo sin importar las consecuencias ni los sentimientos ajenos,
porque nos mueven intereses egoístas.
Comúnmente cuando hablo de religión,
me topo con gente que está constantemente objetando lo que las religiones
dicen, como si sirviera de algo que estén en desacuerdo. Durante el Tedeum
Ecuménico de este año, Monseñor Ricardo Ezzati habló contra la idea de legalizar
el aborto en Chile. Horas más tarde en el noticiero, aparece una entrevistada
feminista defendiendo los derechos de la mujer y diciendo que el Cardenal no
debía opinar sobre estos asuntos. En lo personal y como musulmán, también estoy
contra el aborto en cualquier circunstancia, aunque haya quienes digan que por
ser hombre, no tengo derecho a manifestarme.
Disculpen pero esto no se trata de
feminismo, machismo o quién tiene más derecho a opinar sobre ciertos temas. Yo no
soy católico obviamente, y en muchos aspectos no tengo nada en común con la Iglesia
Católica Apostólica Romana; para cualquiera que lee este blog eso es evidente. Sin
embargo, las declaraciones del Cardenal Ezzati fueron hechas dentro de un
contexto en el cual se defienden posturas religiosas más que ideologías
sociales, aunque a veces se confundan. Creo que en muchos sentidos la Iglesia
es inconsecuente pero al menos en este, si el Monseñor hablara a favor del
aborto para caerle bien a las feministas, se echaría a todo el mundo encima.
Cuando se sostienen charlas sobre
religión, es fácil convertirlas en un debate sin sentido donde pareciera que
alguna postura debe ser ganadora y en realidad, sólo se trata de ampliar
conocimientos inclusive por cultura general. Yo siempre tengo en mente que el
judaísmo existe desde hace seis mil años, el cristianismo hace dos mil y el
Islam mil cuatrocientos treinta y cinco. Por lo tanto, cuando doy la
perspectiva musulmana sobre algún asunto, no tiene caso que la gente objete,
pues no inventé las reglas y no seré quien la cambie.
De igual modo, considero que si
alguien adopta determinada religión, no debe esperar que ésta se adapte según
su conveniencia, pues sería imposible darle en el gusto a cada individuo. Somos
nosotros quienes debemos adaptar nuestro modo de vida para ajustarnos a uno
nuevo. Sin embargo, ocurre que muchas veces cometemos el garrafal error de
juzgar determinado credo por lo que hacen o dicen algunos de quienes lo
profesan, generalizando. Además de olvidar que la religión nos da ciertas
directrices para llevar una vida correcta y la naturaleza humana es imperfecta,
juzgamos a quienes se equivocan como si tuviésemos el derecho de hacerlo y
metemos a todas las personas dentro de un mismo saco.
Escuchaba en la televisión decir a un
gay que toda su familia fue católica hasta el momento en que escucharon a
Ratzinger hablar contra los homosexuales. Es cierto que durante un tiempo él
fue la cabeza de una institución que mueve a millones, pero no considero
apropiado dejar la religión que uno tiene por las desafortunadas declaraciones
de un ser humano imperfecto como todos.
Es cierto que si profesamos una
religión, debemos proceder como dicta en cada momento. Pero con todas las
trampas mundanas que hay y nuestras innumerables limitaciones humanas, no
deberíamos decir que determinado credo es malo o que los fieles lo son,
juzgando alguna conducta.
Hace pocos días estuve hablándoles
sobre el perdón divino y la facultad humana de disculpar las ofensas. Empero,
quienes más hablan de tolerancia son los que menos errores toleran y su rapidez
para despotricar es mayor a la del rayo luminoso, sin considerar que muchas
veces nuestras mayores equivocaciones son causadas con la lengua.
Tanto que hablan de ser libres,
respetar los derechos humanos y la igualdad de minorías sexuales. En algunos
casos, estos conceptos son esgrimidos por quienes no tienen ni Dios ni ley,
empresas, instituciones que se proclaman voceras de una causa, etcétera. Yo antes
era de ellos y conocí gente que no era buena, tuve malas experiencias, me
arriesgué demasiado, cometí grandes errores. No digo que ahora sea un santo,
porque estaría muy alejado de la verdad. Sigo equivocándome y mi sufrimiento es
tal, que a veces me cuesta respirar por el llanto, dándome ganas de que todo se
resuelva lo antes posible.
Quienes me conocen saben que soy una
persona sola, jamás he tenido pareja, soy
enfermo porque padezco diabetes además de usar silla de ruedas, mis complejos
son innumerables y mi diario íntimo es un
avispero de frustraciones. Cuando se trata de religión, todo el mundo habla de
las restricciones que se imponen, pero nadie considera el enorme consuelo que
puede traer al corazón de alguien como yo… Y eso sin considerar que hay gente
en peores condiciones.
Es fácil dar nuestro punto de vista o
hasta imponerlo y en el caso de la comunidad GLBTI por ejemplo, se ha
convertido en un sector social burlado por los heterosexuales. Mientras más
aparece un gay en los medios desfilando por el Día del Orgullo, mayor es la
indiferencia que individuos e instituciones ejercen. Según yo y como ya he
manifestado antes en este blog, los cambios vendrán cuando dejen de hojear
revistas pornográficas para leer novelas, abandonen los saunas y gimnasios para
asistir a cafés literarios u obras teatrales, frecuenten menos las discotecas y
más los museos, gasten su dinero en centros culturales y no en centros
comerciales. ¿Cómo esperan tener derecho al matrimonio igualitario, si no hacen
nada para cambiar la imagen frívola que se tiene socialmente? Mi profesora,
Cecilia Vera, decía «Como te ven, te tratan» y tenía razón.
Es que en cualquier aspecto de la vida
humana, ya sea religión, libertad sexual o relaciones en sus diversas
variantes, solemos ser egoístas en el sentido de que exigimos cosas, pero no
estamos dispuestos a renunciar, comprometernos ni cambiar en nada. La vida
funciona de manera que sólo obtenemos algo cuando demostramos merecerlo y
valorarlo. ¿No será que algunos abandonan la religión, porque temen mirarse al
espejo y que no les guste su reflejo? «Tanto me das, tanto te doy», como dice
la doctora María Luisa Cordero.
La comunidad GLBTI seguirá existiendo
como lo viene haciendo desde los tiempos aurorales del mundo, de la misma
manera que la religión mantendrá sus principios intactos hasta el Día del
Juicio Final. Yo sólo desearía que quienes hablan tanto de tolerancia y Dios
por ambos lados, fueran capaces de respetar, amar y aceptar al prójimo como un
igual.
La gente ahora está descorazonada, es
incapaz de empatizar con el prójimo y ya no le importa ver que alguien esté
sufriendo. ¿Qué nos pasa? No mostramos ni el más mínimo interés cuando vemos a
alguien sufrir y pasamos de largo si una persona llora. Hemos olvidado
completamente la parábola del buen samaritano y algunos ni siquiera la conocen.
Ahora lo que más importa es el ego y
satisfacer siempre nuestras propias necesidades, sin importar que para ello
debamos causarle dolor a alguien más. En nuestra época, Maquiavelo se habría
sentido como rey porque ciertamente, para la gran mayoría el fin justifica los
medios.
¿Y qué pasa con los sentimientos? Eso
a la inmensa mayoría no le interesa; preocuparse de las emociones es signo de
debilidad y en nuestra sociedad tan materialista, competitiva e insensible,
nadie se puede dar el lujo de ser frágil. Por ello, hay quienes incluso se dan
el lujo de prohibirnos sentir algo, sin darse cuenta que los sentimientos son
parte de la experiencia humana individual y coartarle la emotividad a alguien
significa quitarle su humanidad… Algo a lo que no tenemos derecho.
¿Qué puedo decir de nuestros errores?
Pues bien, es de Perogrullo decir que errar es humano y perdonar es divino,
pero lo digo porque muchos lo han olvidado. La mayoría ocupa esta frase para
justificar incansablemente sus propios errores, pero cuando alguien más se
equivoca son incapaces de disculpar y al contrario, se comportan como si fuesen
perfectos o estuviesen por encima de los demás. Son demasiado orgullosos y
nosotros alimentamos su ego con cada disculpa que les damos. ¿Por qué hago la
diferencia entre perdonar y disculpar? Simplemente porque sólo Allâh (swt)
perdona y los seres humanos únicamente podemos disculpar.
Disculpar significa quitar o liberar
de la culpa a alguien. Esto no se hace porque la persona lo merezca sino porque
lo necesita. Muchas veces no entendemos eso o simplemente no nos importa y
negamos el alivio, como si tuviésemos derecho a torturar al culpable con
nuestro enojo e indiferencia orgullosa.
¿De qué nos sirve el orgullo? Muchas
personas dicen que no se permiten ser humilladas por nadie. Lo cierto es que
quien nos humilla se envilece a sí mismo en tanto que el orgulloso, tristemente
se queda solo en esta vida.
En el Islam se dice que un musulmán
debe corregir permanentemente su carácter y combatir su propio ego, de manera
que las pasiones como el orgullo y el enojo, sean relegados a un segundo plano
precisamente para permitirnos empatizar con el dolor ajeno. Un hadiz dice
incluso que dos hermanos musulmanes no deben estar enojados por más de tres
días y al respecto, se aclara que ante los ojos de Allâh (swt), un creyente que
ofrece disculpas, demuestra arrepentimiento y se esfuerza por enmendar sus
errores, tiene mayor grado que un musulmán incapaz de disculpar. Por último, se
aclara que si el culpable intenta corregirse, queda exento de responsabilidad
aunque su hermano no quiera disculparle.
El Din nos muestra que hay ciertas
ocasiones en el año cuando Allâh (swt) nos bendice con Su misericordia
brindándonos el perdón por nuestros pecados, si demostramos verdadero
arrepentimiento o Tawba. Oportunidades como la Noche del Perdón o la Noche del
Poder, también llamada Noche del Destino, son ideales para hacer actos de adoración
o ibadât con la intención de alcanzar la complacencia de Allâh (swt) y Su
perdón.
Sin embargo, de poco nos sirve tener
todas estas oportunidades y más si somos incapaces de disculpar a nuestros
semejantes cuando se equivocan. El Noble Corán nos dice que el hombre (como
especie humana) vive en el error y con ello, sin justificar nuestras
equivocaciones, nos recuerda que somos imperfectos y tenemos muchas
limitaciones, pero siempre debemos recordar que en este aspecto todos estamos
al mismo nivel. Nadie tiene derecho a sentirse superior, castigarnos
excesivamente por un error o torturarnos con su orgullo.
¿Por qué ocurre eso? Actualmente nos
hemos deshumanizado. Vivimos para consumir, escalar posiciones, lograr
objetivos profesionales y concebimos la felicidad como una meta cuando en
realidad, es un estado. Hoy en día palabras como amor, amistad y lealtad son
poesía y no tienen ningún valor más allá del lírico, pues las promesas que nos
hacen se las lleva el viento. Hemos reducido las emociones a sentir un orgasmo
por sexo casual o tener un número indeterminado de seguidores en múltiples
redes sociales, sin importar verdaderamente cuánto conocemos a cada persona. Hemos
perdido nuestra capacidad de establecer auténticos vínculos emocionales, porque
cualquier expresión afectiva es tomada como cursilería y no nos atrevemos a
entablar compromisos.
Al contrario, hoy las personas son
cosificadas, convertidas en objetos que sirven para alcanzar un objetivo
determinado y luego desechados como basura inútil. Ello impide empatizar con
quien se vincula y es impulsado por sus sentimientos. La empatía es nuestra
capacidad de identificarnos con el otro y reconocerlo como un igual,
valorándolo… Sin embargo, alguien poco empático, que no siente culpa, cosifica
a las personas pretendiendo manipularlas y utilizarlas e incluso manipula psicológica
o emocionalmente, posee el perfil de un psicópata según los expertos, aunque
suene fuerte al decirlo. Para nuestra desgracia, en esta sociedad actual el
fenómeno se ha masificado hasta el punto en que resulta difícil hacer un
diagnóstico social y determinar cuántos sujetos son simplemente orgullosos y
cuántos pueden calificar dentro de la psicopatía.
Por ello, resulta tan importante gobernarnos
a nosotros mismos, controlar las pasiones, ponernos en el lugar del otro,
valorar a las personas por su condición humana dejando a un lado las etiquetas
y por último, reconocer la relevancia de las emociones ajenas por encima de
nuestros intereses personales.
¿Seremos capaces o seguiremos siendo
autómatas egoístas y rencorosos? Es difícil responder esta pregunta cuando
vemos que la sociedad nos convierte en individuos descorazonados e incapaces de
conmoverse. Queda como tarea para cada uno, si valoran el significado de mis
palabras y no lo toman como un escrito más entre tantos.
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