«Quien no conoce Estambul, no conoce el amor».

Yahya Kemal Beyatlı.

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Carlos Flores Arias – Yahya.

Escritor chileno.

jueves, 21 de julio de 2011

En Turquía con Tarkan

Por fin puedo escribir en este blog los detalles que recuerdo de mi reciente viaje a Estambul, de donde regresé apenas el pasado lunes.
Todo lo que antes escribí de Turquía apenas es una pincelada a lo que resultó ser aquel maravilloso país, donde encontré varios motivos para sentirme verdaderamente feliz, por primera vez en mis treinta años de vida.
Para nadie es un secreto que durante doce años he admirado a Tarkan y quise visitar Estambul, pretendiendo encontrar entre sus calles algo que Chile no tiene. Se cumplió con una increíble exactitud, pues en dos sitios de Sultanahmet -uno de ellos la Mezquita Nueva en su fachada-, tuve lo que podría denominarse déjà vu, viendo imágenes en una vida pasada muy distante y dolorosa.
Sé que muchos de ustedes leerán esto y hasta podrían burlarse por no creer. Sin embargo, comprobé que muchas veces alguien puede nacer en determinado sitio como Santiago, pero mi corazón es de Estambul desde siempre y allá se quedó, mientras yo subía al avión para regresar, con lágrimas en mis ojos y el alma acongojada.

Ocurrido entre el 24 y 26 de junio de 2011.

Cuando partí de Chile en el vuelo Air France, tenía grandes esperanzas de conocer todos aquellos sitios que uno siempre ve por Internet, mientras las chicas de mi grupo esperaban principalmente conocer a Tarkan en persona, sin sospechar siquiera las aventuras que nos aguardaban.
Durante el vuelo muchos pasajeros durmieron. Pero yo no pude cerrar los ojos, porque soñaba despierto y a ratos, recordaba las cariñosas despedidas de mis amigos y familiares. Mi padre nos dejó en el aeropuerto junto a otros parientes o amistades como Karina y Ahmet, quienes ciertamente fueron ángeles cuidándonos desde Chile durante todo el viaje, ante cualquier contratiempo.
Este amigo fue el primer turco de quien tuve verdadero compromiso y afecto incondicional a tal grado que pude llamarle orgullosamente hermano sin tener lazo parental. Nos enseñó turco, consiguió hospedaje, estuvo siempre presente en los momentos más difíciles y hasta pude conocer a sus amorosos padres allá. Entonces entendí por qué tiene tan altos valores morales.
Llegando a Estambul tras una breve escala en París, nos recibió Mismo Mismo -como es su apodo desde que le comparamos con la portada del disco Metamorfoz de Tarkan- y con él tuve las más grandiosas experiencias por su cariño desinteresado. En realidad, mis queridos lectores, por lo general si pides un favor a una persona, ésta dudará antes de hacerlo; los turcos en cambio, hacen cualquier cosa buena para complacerte sin esperar retribución. Son valores muy estimables que Occidente ha perdido y como uno no está acostumbrado a conocer personas tan nobles, resulta impactante cómo se ganan el cariño casi automáticamente.
Mismo Mismo nos acompañó en tranvía y metro -dos medios de transportes que funcionan y no como el Transantiago- hasta nuestros respectivos departamentos en el primer y quinto piso de un edificcio en Aksaray, que no resultó ser lo visto por Internet. Ya instalados frente a un bar pequeño donde los hombres permanentemente tomaban té y otros tragos, nos duchamos rápidamente para capear el calor antes del viaje a İzmir. Por supuesto, antes de bañarme tuve la primera de cuatro caídas.
Después de que Ahmet nos advirtiera sobre los supuestos 40º C que tiene el verano osmanlí, salimos a la calle en dirección al terminal de buses y se puso a llover mientras llegábamos al tranvía. En el camino pude oír en vivo por vez primera aquel llamado a la oración que tanto escuché antes gracias al computador y no pude hacer más que orar como cristiano, agradeciendo a Dios estar allí.
Mismo Mismo se empeñó hasta conseguir un bus, por pequeño que fuera, a İzmir, donde debíamos llegar con tiempo para asistir a la presentación de Tarkan en el Festival de la Juventud Fanta, donde sería teloneado por el conjunto Manga. Aún no sabíamos si la manager de nuestro ídolo nos daría una entrevista.
Tras nueve horas de agotador viaje habiéndoseme acalambrado las piernas por permanecer tanto tiempo sentado sumando los trayectos en avión y sin haber comido nada mi madre o las chicas, salvo pequeños queques embasados, vimos el amanecer en esa tierra debiendo aguantar el sueño. Una vez en İzmir, conocimos a otro ángel turco, la magnífica Arzu quien acompañada por su amiga Dürdane nos recibieron con un cariñoso entusiasmo que muy pocas veces en mi vida he visto.
Ambas nos trataron como si fuésemos lo más importante del mundo, amigos desde siempre. Tras pasear un poco por esta hermosísima ciudad muy parecida a Viña del Mar con su costa en el Mar Egeo, nos llevaron a un hotel de cinco estrellas. Pero por falta de presupuesto, preferimos quedarnos en el Hotel İsmira, a un lado del Hilton.
Ni bien nos instalamos y quisimos que Arzu llamase a la representante de Tarkan. Pero con la característica tranquilidad turca, nuestra amiga-hermana nos llevó junto a Dürdane por otros rincones interesantes, donde vimos en cada escaparate lujosos vestidos y entendimos que a İzmir debe ir quien busca un diseño exclusivo. Al final pudimos descansar en un pintoresco local, tomando café turco que luego Dürdane leyó anticipándome se cumpliría un deseo... ¿El que pedí al voltear la taza? Ojalá.
Aquella misma tarde Arzu insistió con la manager hasta conseguirnos un breve pero significativo encuentro con Tarkan, el cual yo había esperado desde hacía doce años. Las chicas estaban realmente eufóricas y yo oré por segunda vez durante todo el camino hacia inciraltı, donde fuimos cargados con obsequios entre los cuales estaban vinos premium que llevó Paulina y un ejemplar de mi novela firmada, además de libros sobre Chile. Yo sólo pedía a Dios hablar correctamente inglés para evitar el ridículo y hacerme entender.
El viento y el calor hizo que los perfectos peinados de las chicas, mi madre y un servidor se arruinaran por completo. Si tan sólo hubiésemos sabido, nos habríamos puesto gorros protectores hasta el momento de entrevistarnos.
Una vez instalados mi madre y yo en un palco especialmente habilitado para asistentes discapacitados o ancianos, observábamos cómo las chicas desde el público general y casi en primera fila agitaban la bandera chilena, justo cuando Tarkan salía al escenario para hacer la última prueba de sonido, antes del número que hiciera Manga. Desde mi sitial, yo agitaba una bandera más pequeña, pero fue la grande que pudo verse por una pantalla gigante. Era alusinante estar allí, sabiendo que habíamos cruzado la mitad del mundo.
De espaldas el Egeo y frente a mí el escenario con un grupo que pocas veces he escuchado. Era el preámbulo perfecto para que repentinamente Arzu y Dürdane llegaran, avisándome que debía entrar por atrás. Mamá, desesperada tras haber recogido dos pañuelos naranja con el logotipo de Fanta, corrió llevando la silla conmigo, preocupada porque las otras no habían ingresado o al menos, eso creímos.
Arzu nos repetía que debíamos permanecer tranquilos, pero al mismo tiempo insistía telefónicamente a la representante y se enfrentaba con el hostil guardia para conseguir nuestro ingreso. Ella debió quedar fuera sólo por ser turca y tener más oportunidades que un latino de aproximarse a Tarkan.
Nervioso, con frío y ansioso, esperaba que mis amigas pudiesen llegar a tiempo y de pronto, se paró frente a mí la única fanática turca que pude ver: Ebru, del grupo TarkanColl, saludándome afablemente al tiempo de darme una oportunidad para presentársela a mi madre. Estaba muy contenta por saber que tras tantos años esperándolo, pude viajar.
Cuando menos me lo esperaba, del lujoso bus negro donde Tarkan se traslada durante sus giras, bajó el guardaespaldas Levent, vistiendo una ceñida polera oscura y un pañuelo Fanta atado en su muñeca. Le llamé inmediatamente para saludarlo y me sorprendió con qué familiaridad quiso tratarme. Su afectuoso saludo hizo patente que me recordaba y conoce. Fued él quien subió nuevamente al vehículo para traer a Tarkan y sólo entonces supe que las chicas ya estaban arriba desde hacía no mucho rato, gracias a la insistencia del propio Levent.
Tarkan descendió. Entonces fue un instante detenido en el tiempo, cuando sólo Dios pudo haber puesto el valor en mi corazón o las palabras en mi boca para llamarle y saludar como si nos hubiésemos conocido de toda una vida. Se me acercó, besándome y abrazándome tan modesto que llegó a sorprenderme. Un hombre tan talentoso, deseado, aparentemente inalcanzable charlaba conmigo sobre cuánto tiempo llevo siendo su admirador, quiénes eran mis acompañantes de Tarkan Fans Chile y la señora que me llevaba. Fue momento ideal para presentarle a mi madre, que también se sorprendió cuando Tarkan la saludó con el mismo entusiasmo, seguramente reconociendo en ella el enorme esfuerzo de tenerme como hijo... Y es que además, para los turcos las mujeres, especialmente madres, tienen un valor único.
Luego de presentarle a Paulina y las demás, llegó el momento para entregarle mi obsequio personal. Vio la portada con mucha atención mientras yo, como podía, le explicaba que había escrito la novela hacía aproximadamente seis años, escuchando su música. Cuando dije esto, se interesó aún más, preguntándome si acaso existe una edición en turco o inglés. Pero le dije que de momento, debía traducirla él y entonces leyó mi dedicatoria: «Tarkan'a sevgilerimle. Carlos Flores A. İzmir. Haziran 26, 2011». Debió agradarle, por la expresión en su rostro.
Después de intercambiar alguna que otra palabra y tomarnos fotografías, nos retiramos. Sin embargo, no le había pedido que autografiara mi copia de su último álbum, comprado la misma mañana en una disquería. Recurrí a Levent para pedirle que entrara al remolque y le solicitase la firma: «To Carlos with love, Tarkan». Para entonces ya estábamos frente al escenario esperando el concierto.
Su espectáculo fue fascinante y coreábamos todos sus temas mientras la bandera chilena hondeaba desde mi silla. Él se acercó muchas veces hacia nuestro costado e incluso, en una oportunidad mencionó que había presentes amigos suyos, pero no hablaban su idioma. A esto y al grupo muchas veces nos captó el fotógrafo oficial y otro del equipo me invitó a acercarme literalmente bajo el escenario junto a mi madre, pero ella le dio espacio a Pauly por todo su esfuerzo previo. En determinado momento nuestras miradas se cruzaron, le lancé un beso y él me lo correspondió; Paulina estaba loca.
El espectáculo acabó y todas las memorias de nuestras cámaras se habían llenado con fotos o videos. Por cierto, mis grabaciones se escuchan muy mal. Al salir por el parque, Cristina me grabó enviando un saludo de agradecimiento a Tarkan Latino y Tarkan International, comunidades hermanas. Tanta era mi impresión que abrazando a Arzu lloré, conmovido por todas las emociones.
Las calles estaban atochadas como nunca había visto antes. Es que en Turquía los automovilistas parecen tener cada uno sus propias leyes de tránsito. Toda esa agitación sólo por Tarkan y nosotros pudimos llegar al hotel tras pasar a un supermercado. Llevábamos treinta y un horas sin dormir.
Continuará...

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Yahya. Carlos Flores A.
Escritor chileno.