«Quien no conoce Estambul, no conoce el amor».

Yahya Kemal Beyatlı.

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Carlos Flores Arias – Yahya.

Escritor chileno.

martes, 30 de agosto de 2011

Libertad o la última vez


Ahora puedo decir que la semana pasada fue mi última cita con el Sr. L, pues debía entregarle los encargos que me hizo cuando le conté sobre mi viaje a Turquía. Para ser sincero, le insistí mucho en que él viniera a mi casa por varias razones.
En primer lugar, ya no me resulta rentable gastar diez mil pesos pagando un radio taxi, siendo que podría ahorrar para un próximo viaje. Sin embargo, me ofreció pagar la carrera y pensé «No puedo ser tan avaro».
En segundo, tendría a mamá presente, dándome la seguridad de que ni por casualidad Sr. L tendría oportunidad para decirme algo desagradable como acostumbraba hacer. Empero, pensé «A esta edad debería saber defenderme solo».
En tercero y lo más importante, evitaría lo que ahora me parece el desagradable espectáculo de verlo desnudo cuando sale de la ducha, habiendo yo llegado a su departamento. Si invito a alguien, no espero que llegue a mi casa para comenzar a asear todo y ducharme; mucho menos dejo que me vea desnudo así nada más. Al contrario, cuando mis visitas llegan todo está limpio y yo me encuentro listo para recibirles.
Como no quería pasar por eso, le advertí explícitamente que si insistía tanto en invitarme, debía tener todo listo y haberse duchado cuando llegara, de modo que pudiéramos salir a tomar un café por ahí cerca sin perder tiempo esperándolo. Acudí entonces porque aceptó mis condiciones.
Y por vez primera no le pedí que estuviésemos solos, pues quería a toda costa evitar darle oportunidades para pasarse de listo. Al contrario, no me habría molestado si hubiese estado presente su pareja.
Desgraciadamente, cuando llegué a su departamento me encontré con que aún se hallaba limpiando la cocina y no se había duchado. Empezamos mal. Por fortuna la demora se debía a Javier, un amigo suyo al que había invitado a almorzar y que todavía no se retiraba… Mientras Sr. L se duchaba, su amigo y yo charlamos sobre el viaje y al mismo tiempo, me aprontaba para sacar de mi mochila los regalos: un imán para el refrigerador, un llavero y un ojo turco que puede colgar en la pared para espantar las malas energías.
Cuando salimos del departamento, insistí en que Javier nos acompañara tomando café, pero debía irse para cumplir con otro compromiso y ya estaba retrasado.
- Qué extraño –me dijo Sr. L.
- ¿Qué cosa? –le pregunté.
- Que hayas invitado a Javier, porque siempre insistes en que estemos solos.
- Bueno, sí. Pero ahora tenía ganas de que nos acompañara.
- Yo siempre trato de que Cristián no venga cuando estás, por la misma razón –me mintió, porque nunca evitó nada.
- No es necesario. ¿Cómo está? –le pregunté.
Cuando salimos del departamento, insistí en que Javier nos acompañara tomando café, pero debía irse para cumplir con otro compromiso y ya estaba retrasado.
- Qué extraño –me dijo Sr. L.
- ¿Qué cosa? –le pregunté.
- Que hayas invitado a Javier, porque siempre insistes en que estemos solos.
- Bueno, sí. Pero ahora tenía ganas de que nos acompañara.
- Yo siempre trato de que Cristián no venga cuando estás, por la misma razón –me mintió, porque nunca evitó nada.
- No es necesario. ¿Cómo está? –le pregunté.
- ¿Te conté que terminé con él? –dijo.
- ¿Y por qué? –volví a preguntarle.
- Porque estaba amarrándome mucho –contestó.
La verdad es que sólo hasta ahora estoy listo para aceptar que Sr. L no es una persona hecha para adquirir compromisos…, ahora, que ya no me interesa ponerle un anillo en el dedo, que él ve como un collarín en el cuello.
Durante el resto de la tarde apenas tocamos el tema de mi viaje, pues nuestra conversación se centró en cuánto extrañaba él la aventura de emborracharse perdidamente y tener sexo casual con alguien que encontrara en algún antro y de quien no supiera ni el nombre, para poder dejarlo allí después.
Yo en tanto, intentaba cambiar el tema comentándole sobre los artículos que venden en la Feria de Las Pulgas que recorríamos entonces.
Lo siguiente fue oírle decirme que había olvidado cuándo fue su última vez haciendo rol de pasivo, pues entonces había consumido cocaína y su memoria no lo acompañaba… Ya me resultaba evidente cuál era su intensión: ver si mi viaje me había servido para olvidarlo o seguía interesado en él como estuve hasta junio pasado.
Ciertamente tuvo razón para sospechar algo así, pues en Turquía vi otras realidades que superan por mucho mis expectativas. Sin embargo, es irónico que para pasar página, haya tenido que viajar hasta el otro lado del mundo; pero funcionó.
Llegado un momento en que me contaba sobre sus experiencias íntimas, puede decirse que Dios me salvó de no pedir un radio taxi en la calle. Pasábamos fuera de la Catedral de Santiago.
- ¿Entremos? –propuse, cortándole el tema.
- ¿Y para qué?
- Quiero conocerla por dentro –dije.
Así entramos y en la oscura e increíblemente fría bóveda, mientras sacaba fotos con su cámara, una vez más habló:
- A veces pienso que me gustaría terminar mi vida recluido en un monasterio.
- ¿Tú, un sacerdote? No te veo.
- Cuando me canse de esta vida gay, me gustaría hacer los votos sacerdotales. ¿Por qué no? –cuestionó.
- Porque para ser sacerdote se debe tener vocación religiosa. No haces voto de castidad cuando te has cansado de ser un fornicador libertino y vicioso –le dije, dejándolo callado por momentos.
- A veces te pones tan serio –me reprochó.
- Y tú tan frívolo –le respondí.
Cuando finalmente llegamos a su departamento y se había cansado de lanzarme indirectas sobre sus vivencias sexuales o cuánto extrañaba abandonarse a sus costumbres, como si hubiese tenido un celibato muy prolongado, hizo algo que jamás antes había hecho desde que nos conocimos y que yo siempre busqué sin tener éxito: me abrazó por la espalda.
- ¿Y eso? –me extrañé.
- Tenía ganas de abrazarte –me respondió.
- Ah –exclamé girando la cabeza hacia mi derecha, mirando su mano.
Inmediatamente me soltó como si lo hubiese empujado. Estoy convencido de que si hubiese girado hacia la izquierda, donde apoyaba su cabeza sobre mi hombro, me habría besado pero no le di oportunidad y fue lo mejor.
Al poco rato nos despedimos y vine a casa. Ya no siento por él lo mismo que antes y ahora puedo ver cuántas veces me subestimó. Creo que ésta será la última vez que nos veamos. Tal vez sea la única forma de liberarnos ambos de una amistad poco sana.

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Yahya. Carlos Flores A.
Escritor chileno.