«Quien no conoce Estambul, no conoce el amor».

Yahya Kemal Beyatlı.

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Carlos Flores Arias – Yahya.

Escritor chileno.

viernes, 6 de enero de 2012

Viviendo Turquía o mi primer viaje

Este artículo lo escribí para FITUR 2012.

Éste es el tercer artículo que me solicitan en tres años consecutivos sobre Estambul, mi ciudad favorita. A diferencia del anterior, donde debía describirla desde la perspectiva latina, hoy gracias a Dios puedo darles una impresión como conocedor, pues recién en junio pasado tuve la oportunidad de viajar por tres semanas. Dejé Santiago habiendo empacado la ilusión y todos los sueños que alimenté durante doce años leyendo sobre su historia y cultura o mirando fotos en internet. Nunca podría haber imaginado cuan maravillosa sería mi experiencia, porque aquello era todo lo que deseaba para ser feliz y ni siquiera se me pasó por la mente que allá encontraría mi verdadero hogar.
Sí. Es verdad que nací y crecí en Chile. Acá tengo a mi familia, mis amistades e incluso mi vida. Pero Estambul fue donde conocí la verdadera felicidad, aquella que se comparte. Durante todo el viaje desde Santiago hasta Paris no pude dormir ni un solo segundo, pues estaba tan ansioso que incluso debí repasar mis apuntes de turco para ocupar el tiempo o ver alguna película mientras mis compañeras dormían.
Uno de los detalles más significativos es que debido a mi diabetes, mamá me acompañó y una vez allá, pude enseñarle por qué amo tanto esa hermosísima ciudad. Sería la prueba definitiva de que sólo allá mi corazón late contento y mi alma se siente completa. Adorar esta milenaria urbe es algo que no cualquiera puede explicar y modestamente estoy intentando hacerlo, valiéndome de los recursos literarios para describir los intensos sentimientos despertados cuando por vez primera pisé su suelo. Tras cuatro meses estudiando con Ahmet, por fin debería obligatoriamente comprobar cuan bien podía desenvolverme en un país ajeno pero tan familiar al mismo tiempo.
Desembarcamos. Entre los pasillos del aeropuerto nos esperaba Mismo Mismo -apodo que le dimos a Kaan, el mejor amigo de Ahmet porque éste era uno de sus clichés cuando hablaba español-. En él hallé a uno de mis mejores amigos, a mi hermano del alma, al turco por excelencia que siempre te recibe y atiende como si fueras la persona más importante del mundo. Por entonces rendía sus últimos exámenes habiendo estudiado en la Universidad de Estambul, campus fundado en 1453 y que lo convierte en el establecimiento universitario más antiguo de Turquía y uno de los más tradicionales en toda Europa. Supongo que verse diariamente envuelto por toda esa historia, magníficos jardines o espléndidos salones te hace acreedor del centenario legado osmanlí por el cual todas las personas a quienes conocí deben estar orgullosas. Sin embargo, no es el orgullo lo que predomina en sus almas sino una sobrecogedora humanidad con la cual se ganaron mi más sincero cariño y profunda admiración.
Mientras recorríamos sedientos los pasillos del Aeropuerto Internacional Atatürk rumbo al metro entre tanta modernidad contrastante con ese antiquísimo pasado, Kaan nos compró la İstanbulkart a cada uno y refrescantes botellas de agua helada. Éste sería el brebaje más frecuente durante nuestra estadía, pues el verano turco superaba los 38º y a veces 40º C. A bordo del carro y luego de comprobar maravillado que por ser minusválido, no debo pagar pasajes de movilización pública como tampoco lo hace quien empuja mi silla de ruedas, pude contemplar algunas colinas con frondosa vegetación y minaretes asomados entre locales comerciales e inmensos edificios. No podía dar crédito a mis ojos, que involuntariamente soltaron discretas lágrimas, como las lloradas por el viajero cuando al fin regresa a su legítimo hogar.
Salimos del tren subterráneo y viendo las adoquinadas calles, el arbolado verdor urbano, aquel ajetreo metropolitano y ese bullicio del encantador idioma turco, sólo atiné a respirar tan profundo como me fue posible para llenar mis pulmones o reconfortar un cansado espíritu con el fragante aire que en brisa soplaba dando la bienvenida al hijo pródigo. Camino a Sorguççu en Aksaray, donde se encontraban los departamentos de alojamiento muy cerca de la decimonónica Pertevniyal Valide Sultan Camii, debíamos subir una escalera y ante nuestra urgencia me sorprendió ver correr a tres fornidos hombres que transitaban por la calle, para ayudar a cargar mi silla por la subida. Discúlpenme que lo diga como llamado de atención, pero siendo chileno muy pocas veces he visto a gente diligentemente solidaria con lo minusválidos. Pero la gente de Estambul está familiarizada con personas discapacitadas, porque a diferencia del Transantiago, el tranvía se encuentra acondicionado.
Mis ojos no podían fijar la mirada en un único punto porque mi cerebro quería captar cada detalle por mínimo que fuese. Los cuervos, abundantes allá, surcaban los cielos vestidos con coloridos plumajes castaños muy distintos del tradicional azabache que uno ve en las películas.
Pero aquello pronto quedaría atrás, cuando luego de tomar una necesaria ducha, partiéramos a la estación de buses bajo una repentina lluvia con mucho viento, pues debíamos ir rumbo a Esmirna donde permaneceríamos durante tres días, para asistir al Festival de la Juventud Fanta y tener un encuentro personal tras bambalinas con el internacionalmente famoso cantante Tarkan Tevetoğlu. Fue un viaje de nueve horas teniendo mis piernas adormecidas y mucho sueño mientras recorríamos la Turquía profunda, pero sin duda alguna mereció la pena. Nos alojamos en Hotel İsmira y pudimos cenar contemplando el Mar Egeo, por donde los griegos llegaron hasta Troya hace más de tres milenios. Fue increíble conocer la ciudad donde nació el legendario poeta Homero y recorrer Sevgi Yolu, el sendero que recorren los enamorados.
Lo más espectacular fue indudablemente, habernos entrevistado con el artista, gracias a la agrupación global Tarkan International de la cual somos miembros como Tarkan Fans Chile. Nunca antes podría haber siquiera soñado estar frente a él y charlar sobre mi novela, mi país, mi gente como si fuésemos amigos íntimos desde hace años. Tal vez sea esa afabilidad a flor de piel lo que más encanta, pues trasciende al personaje célebre.
Aquí también, gente como Arzu y Dürdane nos dieron la más cordial bienvenida. A tal punto llegó nuestro encariñamiento, que despedirnos entre lágrimas fue tan doloroso como haber dejado a la propia familia. Una vez más me preguntaba cómo era posible querer hasta sentirles mis hermanas sin importar nuestras diferencias. Es porque los sentimientos son jurisdicción del corazón y no de la razón. Otra vez comprobaba cuan transparente es esa gente, que en comparación todo lo demás resultaba mundano. Su chispeante alegría era contagiosa; tanto como la desoladora tristeza que me invadió cuando les dejé.
Allá por cierto, no pudimos dejar la oportunidad de conocer Éfeso, donde nos llevó el gentil guía turístico Abbas, otro turco para destacar por sacarme de apuros cuando mi silla se estropeó gracias al escarpado camino. Pero fue bastante difícil recorrer las ruinas en mi silla, porque el suelo disparejo y un abrazante calor casi nos hicieron desmayar, especialmente a quienes me llevaban por los bloques de mármol roto. Empero, ver la fachada de la biblioteca y las innumerables construcciones marcadas por el tiempo, fue como revivir la historia leída en libros académicos cuando cursaba el liceo hace doce años. Vi las inscripciones en griego antiguo cinceladas sobre las murallas y me pareció ver a grandes personajes como Arsínoe IV, la desterrada reina de Egipto que acabara sus días en territorio actualmente turco luego de ser destituida por su hermana, una tal Cleopatra VII.
Aquí también está presente la abundante y fresca vegetación que se agradece estando bajo un sol de 39º C. en efecto, cuando conocimos la casa donde vivió sus últimos días la Virgen María, no pude evitar fijarme en los numerosos olivos que tanto menciona la Biblia. Mamá estaba realmente contenta por recorrer sitios donde estuvo gente contemporánea a Jesús. Es una inolvidable experiencia religiosa que sin embargo, se rompe inmediatamente al ver el comercio, como los mercaderes fuera del antiguo y derrumbado templo salomónico.
De regreso a Estambul, la primera noche fuimos a un club nocturno en Taksim para celebrar el cumpleaños de una compañera. Esta bohemia zona está llena de locales comerciales, bares, discotecas, pescaderías y restaurantes. En las siguientes jornadas iríamos muchas veces para comprar algún souvenir o simplemente disfrutar viendo el antiguo tranvía rojo que aún funciona en perfectas condiciones transitando por İstiklal. Aunque igualmente conoceríamos a la perfección Kabataş, Karaköy, Sirkeci, Eminönü, Beyazıt, Beşiktaş, Çemberlitaş, Üsküdar, Moda y especialmente Sultanahmet.
En esta última pude conocer los que quizá sean lugares de turismo infaltables en la guía del buen viajero. El Gran Bazar sorprendió a mis compañeras con su ostentoso brillo, porque jamás habíamos visto joyas tan hermosas como para deslumbrar a la reina más caprichosa. Hasta yo sentí deseos de casarme cuando vi los diamantes en aquellas sortijas, pero nadie me ha propuesto matrimonio hasta ahora consiguiendo mi aceptación. Allí el Anillo Único habría parecido una baratija.
Pero el Bazar Egipcio o de las Especias le hace honor a su nombre, porque desde la mismísima entrada sientes las fragancias de aliños e incluso puedes toparte con algún amable comerciante que siendo turco, hable perfecto español ofreciéndote a probar una delicia turca con nueces, pistachos y coco rallado. En Turquía olvidé mi diabetes, pues comí de cuanto dulce, pastel y helado me sirvieron e increíblemente, mi felicidad allá fue tal, que no tuve problema de salud alguno porque hasta mi sistema inmunológico se vio fortalecido. Es parte de lo que mis amigas, mamá y yo llamamos el Efecto Kebap.
Uno de estos deliciosos helados lo comí después de haber recorrido Sultanahmet, concentrándome en el Hipódromo para presenciar alucinado los restos de la Columna Serpentina que fue construida para celebrar el triunfo de los griegos en las Guerras Médicas del siglo V a. C. Pero este monumento es ampliamente superado por el Obelisco de Teodosio, quien lo dividió en tres partes para llevarlo desde Egipto y erigirlo en el año 390 d. C. Actualmente sólo sobrevive la parte superior, enorme construcción tallada en granito rosa. En el siglo X, el emperador Constantino VII construyó otro obelisco al extremo contrario del primero y aunque lo cubrió con placas de bronce, éstas fueron robadas durante la Cuarta Cruzada por lo cual, sólo queda el esqueleto de piedra que durante mi estadía se hallaba cubierto por reparaciones. Por la Plaza de Sultanahmet, que tiene suelo enlosado y un entorno ajardinado enmarcando los históricos sitios, se puede respirar historia desde aquellos milenarios obeliscos hasta la Fuente Alemana, construida en 1900 como obsequio del emperador germano Guillermo II, quien había visitado estas tierras apenas dos años antes. Esta octagonal fuente se halla enfrente de la majestuosa Mezquita Azul, que me hizo enmudecer con su brillante y amplio interior tan distinto a las catedrales católicas. Sus cúpulas laboriosamente adornadas lo hacen a uno sentirse infinitamente pequeño o de algún modo, humano. Ahí se comprende por qué los verdaderos musulmanes son tan consecuentes con su religión, como debe ser.
Cuando llegué a Turquía y en Estambul llovía torrencialmente, mientras mamá y mis compañeras chapoteaban caminando, escuché el Ezan por primera vez allí. Sólo pude orar a Dios agradeciéndole infinitamente que haya concentrado su inmerecida atención por un segundo para concederme tal dicha. Me sentí tan cerca del Cielo, que una tibia sensación entró en mi pecho, abrumándome. ¿Qué había hecho yo, tan indigno, para merecer ese premio? Fui privilegiado. Más aún porque en cada rincón había personas que parecían haber sido colocadas allí por Dios en persona para hacer esta experiencia algo utópico.
Tal vez Madelaine, mi amiga metafísica, tenga razón diciendo que en alguna vida anterior he sido osmanlí, teniendo allí mi familia y hogar tan significativamente, que aún hoy mi corazón permanece sobre suelo turco aunque mi cuerpo se encuentre en Chile contra mi voluntad. Son muchas las condiciones para regresar, pero mayor es el tesoro que dejé.
Si tan sólo mis palabras pudiesen describir las emociones con total exactitud. Pero aún el escritor más talentoso vería limitadas sus capacidades detallando el interior del Palacio Topkapı, con sus grandiosos patios embellecidos por fértiles jardines donde mi madre contemplaba como si aquello fuese irreal o los frescos corredores donde imaginé a funcionarios otomanos pasando la tarde. Pero no todo era frívolo, pues aquél fue por mucho tiempo el centro neurálgico del imperio, donde se tomaban difíciles decisiones e intentaba llevarse una vida normal entre semejante ostentación, cual mundo aparte que sirviera tal vez como escenario de intrigas, romances, castigos y relaciones diplomáticas internacionales. El ejemplo más concreto son las ropas expuestas tras oscuras vitrinas o el fabuloso mantel que los sultanes utilizaban ofreciendo opíparas cenas para importantes dignatarios, pues la sedosa tela tiene incrustadas brillantes piedras preciosas y está cocido con hilos de oro y plata.
Habíamos almorzado en Karakol Restaurant donde comí una vez más pastel de queso mirando cómo los camareros preparaban todo para la boda que tendría lugar allí. Lo más sorprendente para todos, económicamente hablando, fue comprobar que gastábamos la misma módica suma almorzando en cualquier boliche callejero muy limpio o en un restaurante lujoso, porque podría haber grandes diferencias.
De todas, el harén fue la parte que más me fascinó aunque debimos pagar una entrada aparte. Ya dentro, únicamente mi madre me acompañó. Ambos ingresamos por el camino que antiguamente sólo podía usar el sultán montando su corcel. Los rincones exudaban la presencia femenina, aunque a ratos me pareció estar dentro de un convento porque las ventanas estaban tapadas con puertas por donde difícilmente podía verse algo debido al enrejado similar a junco tejido. Las puertas sin embargo, tenían dinteles decorados con concha perla y los extensos corredores de túneles daban paso al jardín o el cómodo interior donde se recrea una escena rutinaria con maniquíes vestidos a la usanza medieval. Los grandes salones donde se atendía al sultán o las mujeres hacían sus vidas están decorados con cielos pintados cuales coloridos mandalas, alfombrados pisos recuerdan a cada paso que no cualquiera vivía allí y una oscura sala tiene a cada extremo dos gigantescos espejos enfrentados, enmarcados en oro puro con intrincados diseños y el reflejo les hace enfrentarse, acrecentando el espacio. Por momentos deseé haber sido una mujer de Süleyman I, mi sultán favorito que también es personaje de la serie televisiva turca Muhteşem Yüzyıl.
Cuando hube salido, me fue posible comparar este inmenso museo con el Palacio Dolmabahçe que había conocido anteriormente. Éste último tiene indescriptibles decoraciones partiendo por la portentosa araña de cristal de Bohemia que obsequió la reina Victoria durante su visita. Metin, un amable guardia que nos ayudó a subir la silla de rueda por aquellas interminables escaleras alfombradas, nos dijo que todo cuanto brillaba allí era oro puro. Paredes, chimeneas, puertas, columnas y marcos relucían sin pudor alguno en el palacio donde Atatürk tuviera su habitación cuando gobernaba ya muy enfermo y donde falleció en 1938, habiendo establecido la República de Turquía el año 1923. Como el Padre de la Patria, Atatürk tiene espacios dedicados por todo el país desde la publicidad hasta las instituciones y un constante patriotismo se conserva vigente. Así pues, es muy raro el lugar donde no se vea hondear una bandera turca: oficinas, cerros, bosques, ventanas que alimentan el espíritu nacionalista.
Dolmabahçe mientras tanto, es un museo que exhibe la opulencia europeizante otomana de antaño, cuando Topkapı fuera considerado anticuadamente medieval, junto con las huellas que dejaran importantes visitantes tales como reyes británicos o emperadores japoneses. Dentro de los valiosísimos regalos hechos a sultanes, están las alfombras de piel de oso que diera el Zar ruso; ahora tienen ciento cincuenta años, pero se conservan excelentemente. En espacios acordonados se aprecian salones con alfombras de Hereke y la Escalinata está fabricada con caoba, latón y brillante cristal de Baccarat. Cada rincón deslumbra pero en este caso, el harén me pareció menos glamoroso, sin verse como un palacio aparte.
Dentro, el salón que más me gustó fue el hamam personal del sultán, por tener una hermosa vista hacia el lado intercontinental asiático de Estambul desde su ventana y además, las paredes de mármol daba una agradable frescura que se agradecía cuando considerábamos el calor exterior. Si visitan cualquier palacio en esta ciudad, muy probablemente tengan la sensación de que algo así es imaginario.
A este sitio nos acompañó Aslan, otro amigo que apenas me conoció tuvo conmigo el tratamiento de un hermano. Puede parecer extraño o hasta gracioso, pero de Turquía me traje una nueva familia con tíos, hermanos, hermanas. Sólo me faltó la suegra y un matrimonio para ser completamente adoptado. Es porque los turcos que conocí se encargaron de hacerme sentir como parte de sus respectivos clanes. Me atendieron sin descuidar ni un solo detalle. Efectivamente, aquella misma noche Metin nos llevó de parranda a Taksim, donde reveló una faceta tierna tras su ruda apariencia militar.
Con Aslan también recorrimos uno de los más famosos museos, antes una mezquita y en sus inicios una basílica patriarcal ortodoxa. Sí, estoy hablando de Santa Sofía, este templo originalmente dedicado a la Divina Sabiduría y que durante un milenio fue considerada la catedral más grande del mundo con razón, pues dentro los espacios son abrumadores, coronados por la característica cúpula que le hizo cambiar la historia de la arquitectura. Cuando ves fotografías por internet, jamás podrías imaginar su real belleza interior, contemplativa, mística y abrumadora contrastando con las constantes obras de preservación exteriores.
Aquí nos acompañó también Hakkı, un amigo de Aslan que días después nos llevaría en un paseo por el Bósforo para ver los palacios, mezquitas, edificios y hasta la estación de trenes Haydarpaşa, que a primera vista parece un castillo medieval con su obvio encanto. Pero es sólo la impresión de un escritor tal vez demasiado fantasioso que siempre ha estado enamorado de Estambul. Mi mejor consejo en este caso es que vayan y lo vean con sus propios ojos.
Aunque pueda parecerles vergonzoso, en Chile suelo levantarme a mediodía porque me acuesto muy tarde escribiendo cada noche. Sin embargo, en Estambul despertaba a las cinco de la madrugada para ver el brillante sol estival y dos horas más tarde estaba levantándome, deseando disfrutar la jornada con paseos tan entretenidos como conocer Bebek y comer una exquisita ensalada de salmón en el restaurante La Sirene, mirando la mar al mismo tiempo que turistas franceses o italianos. Durante la caminata verán muchísimos yates dispuestos para recorridos e incluso bodas si pueden rentar alguno.
Los paseos marítimos son muy frecuentes y es que para llegar a algunos distritos osmanlíes, es necesario abordar algún ferry para cruzar de un continente a otro. Así por ejemplo, un día visitamos Moda porque mis compañeras deseaban comprar carteras y zapatos. Tras mucho caminas por las inclinadas calles y detenernos en un íntimo local donde una adivina me hizo la tercera lectura de café, llegamos hasta Café Moda, contemplando el hermoso atardecer por su acantilado. Aquí desayunan muchos escritores buscando inspiración en aquel paisaje y no es para menos, pues el horizonte muestra incluso Adalar, donde fuimos al día siguiente para conocer las playas.
Para llegar a Adalar se requiere tomar un ferry bastante temprano si se quiere aprovechar el día. Pero merece la pena por ver las cuatro islas principales siendo mis favoritas Heybeliada y Büyükada, esta última la mayor y donde permaneció algún tiempo el político revolucionario ruso León Trotzky. Algo que no verán aquí será algún tipo de transporte motorizado, porque están prohibidos en las islas y sólo se puede transitar a pie, en bicicleta o montando. Pero les parecerá agradable llegar a alguna orilla donde puedan tomar sol, comer un sándwich y por supuesto bañarse en las tranquilas aguas mientras escuchas música de Ajda Pekkan u otro cantante local famoso distinto de Tarkan. Cuando llegamos por el puerto, ni bien entramos y un turco se levantó de su silla sin conocerme para estrechar mi mano, preguntarme de dónde soy y darme la bienvenida; ése es el espíritu turco que destaco siempre, cuya sinceridad al darte su amistad les hace prometerte que esperarán tu regreso.
Quisiera destacar Süleymaniye, repleto de huellas arquitectónicas que dejara el célebre Mimar Sinan, quien por sus calles capturara para siempre aquella esencia exótica atribuida a esta ciudad. Los paseos más hermosos de Estambul no son aquellos en los cuales puedes comprar caminando junto a otros turistas, sino los que te dan paz mientras observas el añoso pasado, pues te parecerá estar en un espacio temporal detenido, donde puedes sentarte a contemplar la vida transcurriendo, beber un té caliente, saborear un helado Mado u oler las castañas doradas.
Del mismo modo, cuando conocimos al señor Mahir y su esposa, la señora Huri quienes son padres de Ahmet, tuvimos oportunidad para ir a Eyüp, en cuya mezquita se halla la tumba de un amigo de Mahoma. A su vez el cementerio está reconocido como uno de los más bellos en Turquía y recorriendo sus cercanías, el amable señor Mahir me obsequió un precioso cevşen en cuyo interior se guarda una oración del profeta para protección. Allí el funicular puede subirlos hasta el Café Pierre Loti, donde este poeta francés hallaba inspiración contemplando el Cuerno de Oro tras enamorarse de una turca. Sin dudas, para algunos este sitio puede cobrar especial significado si esperan en atardecer en buena compañía.
Otro museo asombroso y relativamente nuevo es Panorama 1453, a poca distancia de la estación Topkapı en metro o tranvía. ¿Por qué visitarlo? Está dedicado a la conquista de Constantinopla el año 1453 por parte del sultán Mehmet II. Pero lo impresionante es que en su segundo piso puede verse una recreación en tercera dimensión, con sonido ambiente y exhibición del armamento hallado por arqueólogos. Es como retroceder en el tiempo y si el Planetario de Santiago les parece atractivo, esto les hará enmudecer porque realmente no tiene comparación, siendo una demostración más del alto nivel tecnológico turco educando sobre su historia y cultura. No es de extrañar que el museo se encuentre a poca distancia de las originales ruinas de Constantinopla y sus muros, que Mehmet II derrumbara con una bombarda o gran cañón.
Desgraciadamente, este viaje como muchos otros, debía terminar aunque tras conocer tanta maravilla, mi deseo era romper el pasaporte si con ello hubiese conseguido quedarme e incluso, habría sido capaz de encadenarme a cualquier monumento para evitar subir al avión. En mi penúltimo día, quisimos ir hasta Çamlıca para ver las antenas de radioemisoras en aquella colina desde donde se apreciaba una vista panorámica inmensa. Habiendo descansado después de regatear en los puestos artesanales cercanos, bajamos a Salacak, lugar famoso porque allí se han grabado algunos capítulos de famosas series televisivas. Allí disfruté viendo hombres fumar narguile, siendo ésta una actividad pendiente que espero realizar durante mi próximo viaje si Dios me favorece y las condiciones se presentan.
Aquella tarde vimos la puesta de sol desde Üsküdar, típica postal osmanlí que indudablemente nos pareció el sitio más romántico y evocativo. Kız Kulesi observada desde los cojinetes alfombrados en el muelle es un regalo divino, capaz de darte el mejor recuerdo. Fue allí donde se quedó mi corazón y por lo cual debo volver.
Al día siguiente muy temprano, preparándonos para ir al aeropuerto donde abordaríamos el avión de regreso a Chile, me pareció que en cada suspiro se escapaba mi alma para quedarse allá, donde me gustaría haber nacido, donde encontré personas inigualables. Al margen de sus bellísimos parajes, milenaria historia, riquísima cultura e incomparable riqueza, lo mejor de Turquía es su gente. Cada amigo o hermano encontrado allá se ganó mi amor, lealtad, respeto y admiración sin perder la fe en verlos nuevamente lo más pronto posible. Mi más sincero agradecimiento a todos.

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Yahya. Carlos Flores A.
Escritor chileno.