«Quien no conoce Estambul, no conoce el amor».

Yahya Kemal Beyatlı.

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Carlos Flores Arias – Yahya.

Escritor chileno.

miércoles, 11 de julio de 2012

Capítulo 4: Estoy muy feliz ahora

«Çok mutluyum şimdi, ama hastayım. Soğuk var».
Es cierto. Aún estoy enfermo por el resfrío, pero entre las sombras de mi padecimiento se asoma a lo lejos el tenue aunque cálido destello de la amistad. Bendito internet, que nos permite acercarnos aún estando a miles de kilómetros de distancia y aunque duela no poder abrazarles, tengo el consuelo del intercambio constante. Una palabra, un mensaje, la presencia en mi vida de aquellos que se han hecho un sitio especial dentro de mi alma... Eso es lo que me hace feliz pese a la AH1N1, bronquitis, faringitis y neumonitis que se han sucedido una tras otra desde hace un mes, manteniéndome en reposo.
Recuerdo que el año pasado estaba disfrutando el verano turco en lo que por mucho podría considerar las mejores vacaciones de mi vida, hasta ahora. Tal vez traje pocos recuerdos materiales entre los cuales puedo mencionar un precioso diario con tapas forradas de piel o un pequeño tasbih que me obsequió mi amigo Snoopy -le llamo así porque yo soy como Woodstock, revoloteando a su alrededor, aunque en Estambul le llamábamos Mismo Mismo porque siempre repetía esa frase- y que siempre llevo conmigo muy protegido dentro de una bolsa, en el interior de una caja, en mi mochila. Es una manera de tenerlo presente constantemente y jamás olvidar que, como él dijo una vez, «tenemos el mismo sol y la misma luna. Vivimos bajo el mismo cielo».
Y ahora que estoy viendo la película Mi nombre es Khan en televisión por cable, no puedo evitar conmoverme con el espíritu de un musulmán. Yo experimenté mucho de eso allá en Turquía, con toda la gente que conocí. Son como niños capaces de meterse en tu corazón y no puedes negarles cariño. Mamá dice que Snoopy o Mismo Mismo es un angelito, porque aprendió a quererlo como un hijo.
Y Ahmet... ¿Qué puedo decir de él? Desde aquí se preocupó por nosotros cuando estábamos allá y aún ahora, estando él en Estambul desde enero pasado, seguimos contactándonos. Allah sabe que en muchos aspectos, ellos son ejemplos para mí porque «el camino de Allah es de amor».
Deberé resignarme a que por circunstancias de la vida y por voluntad de Allah, durante cinco meses no podré contactarme con Mismo Mismo porque cumplirá su deber patriótico. Pero mi du'â siempre irá en su beneficio.
Ahora, mientras un rayo de sol se filtra por la ventana de mi encerrada habitación desde el patio, en el silencio relativo que ofrece la vida urbana, intento imaginar qué estarán haciendo mis amigos turcos cuando ya es de noche allá y recuerdo nostálgicamente cómo el plenilunio alumbra el Bósforo cuando lo cruzas abordando un ferry, mientras puedes ver en el orizonte la fachada del más que bellísimo Topkapı Sarayı.
Aquí estoy, cariacontecido rogando insistentemente en cada una de mis oraciones que me permita volver, pues si bien existe internet y podemos escribirnos, nada se compara a la estremecedora muestra de cariño cuando puedes estrechar en un interminable abrazo a aquellos que por mucho tiempo se hallaron lejos y entonces, puedes sentir su calor, mirarlos al rostro para decirles con lágrimas en los ojos y una incontenible felicidad en el cuerpo, aquel «te quiero» escrito tantas veces frente a la pantalla del ordenador, pero que solamente cobra verdadero sentido al decirlo desde el alma.
Ciertamente les digo que poco importan mis padecimientos y aunque mi felicidad sólo sea pasajera por comprobar el cariño y lealtad de un mensaje, estoy seguro de que se hará permanente a mi regreso. Mi corazón volverá a latir cuando les vea y pueda abrazarles hasta que los brazos se me duerman.

domingo, 8 de julio de 2012

Capítulo 3: Sólo le pido a Dios

Desde Occidente se ve distinta la vida. Cuando estuve en Estambul pude llenarme de aquella espiritualidad constante, que te sobrecoge hasta el llanto. Santiago en cambio, es una ciudad tan industrializada como vacía; llena de edificios que se elevan como los barrotes de una celda y paredes rayadas con aerosol que parecen testimonio del sinsentido urbano.
Tanto invade el gris ánimo santiaguino, que no puedo evitar añorar las veraniegas vistas osmanlies con sus inmensos bosques entre cuya profundidad resalta la bandera turca haciendo gala del patriotismo en aquella nación.
Pero sin duda, lo que más extraño es oír el Ezan cinco veces al día desde cualquier punto de la ciudad, recordándome que Allah está siempre presente en mi vida y es sin duda alguna el mejor amigo, pues me consuela cuando las lágrimas innundan mis ojos recordando a aquellas personas que conocí, que se abrieron camino fácilmente hasta ganarse por derecho propio un lugar en mi corazón.
Sin embargo, siempre digo que mi corazón se quedó allá. No porque me faltase espacio en la maleta para empacarlo de regreso a Chile, sino porque fue inevitable rendirme al celestial y romántico atardecer en Üsküdar. ¿Cuántas plegarias son necesarias para volver? Que alguien me diga y las hago, pues Allah sabe que aquél es mi deseo más intenso y majadero, como profundo es el Bósforo cuando le observas desde el ferry a la luz del plenilunio.
Mas cierto es que sin su gente, Turquía no sería nada. De todo lo existente allá, nada es más valioso que mis amigos, aquella familia elegida que Allah puso en mi camino y por quienes el amor es tan ardiente como doloroso. Que Él, clemente y misericordioso, me salve de morir desolado o consumido por las llamas de la premura.
Premio tan inmerecido como solicitado es recibir el abrazo turco nuevamente, escuchar ese exótico acento de que motivado por la religión o el sentimiento, te da sin esperar retribución alguna e incesantemente se entrega, sólo para verte sonreír.
Si sultán fuese, mi trono daría hoy para recorrer nuevamente sus calles, fuente inagotable de pasado que sin presumir se adapta, prometiendo un feliz futuro en compañía de los seres queridos.
Ay de quien en Estambul se enamore. Auguro para aquél el mayor de los placeres en compañía del ser amado, pero también la mayor agonía en su ausencia Créanme, conozco casos.
Así es esta ciudad, capaz de darte la plena felicidad mientras allí permanezcas, a riesgo de quedar sumido en la más profunda oscuridad cuando partes. Y de aquel exilio, sólo Allah puede rescatarnos a quienes no tenemos hogar donde están nuestros cuerpos, sino donde dejamos nuestros corazones.

lunes, 2 de julio de 2012

Capítulo 2: El uno y el otro

Hay momentos de la vida en que uno mismo deja de ser importante y cobran mucha relevancia aquellos a quienes se ama. Entonces, el du'â que antes hacías para tu propio beneficio pasa a segundo plano y comienzas a hacer uno por alguien más, no necesariamente porque esa persona esté mal sino simplemente porque quieres su bien.
Ahora que estoy con neumonitis, entiendo que puedo pedirle a Allah por mi propio bienestar, pero aún así importa más el prójimo. En ese momento comprendes la naturaleza significativa del amor que no puede explicarse, porque su expresión es la acción misma, desde un du'â hasta la entrega.
Sólo ahora puedo entender que el importante es quien tengo al lado. Más aún si despierta un noble sentimiento. Entonces, la palabra se convierte en proceder y la preocupación en ocupación.
No es un asunto exclusivo de las religiones sino de cuánto amor sentimos por otros, que nos motiva a suplicar por ellos.
Ya no importan los bienes materiales, el consumismo, los sentimientos egoístas impulsados por el deseo o la envidia. Sólo importan las personas que queremos y su bienestar. Si el otro está bien, yo lo estoy.

domingo, 1 de julio de 2012

Capítulo 1: Corazón osmanlí

Y pensar que hace un año yo estaba de vacaciones en la preciosa Turquía, disfrutando excelentes amistades, sitios maravillosos y experiencias inolvidables. Hoy estoy enfermo de influenza AH1N1, con reposo relativo, mucho frío y nostalgia.
He llenado páginas completas escribiendo los cambios que he tenido desde aquel viaje y sin duda el más importante ha sido descubrir un muy satisfactorio camino espiritual.
Tengo tantas súplicas para este Şaban. Confío en que Allah las escuche todas y perdone mis errores en Berat. Ciertamente no podemos evitar equivocarnos, pero siempre esperamos que Él nos escuche.
No le pido esa misma incondicionalidad a los seres humanos, porque sé que es imposible. Yo mismo le he fallado a gente que seguramente esperaba algo de mí y hoy ni siquiera me piensa. Seguramente no podemos evitar decepcionar a otros, sin importar cuánto les amemos, pero ello no significa que el amor deje de existir en nuestros corazones.
La palabra escrita se hace escasa para expresar todo aquello que ahora me importa y aunque parezca increíble, muy poco de mi vida anterior ha sobrevivido con sentido propio. De aquello, sólo algunos asuntos son realmente trascendentes, tanto como para ocupar mis pensamientos durante el día y la noche.
Ésta es la primera carta escrita a modo de artículo, explorando los sentimientos de mi corazón, que dejé allá en Üsküdar el atardecer del 17 de julio pasado. Bajo el título Corazón osmanlí, estas misivas seguirán publicándose hasta febrero próximo, cuando yo tenga más clara la lectura, inşallah!
Cuando este blog, mis novelas -publicada e ineditas- y hasta mis diarios sean leídos por quienes me aman e incluso por aquellos que ni siquiera me conocen, sólo Allah sabe qué impresión les causaré. Por ahora solamente puedo decir que carece de total importancia la idea que tengo de mí mismo, porque otros asuntos son indudablemente más relevantes.
Tal vez para un lector frecuente de mi blog sea difícil de ahora en adelante entender lo que escriba. Quizás como escritor debería pulir mi estilo con cada letra y sin embargo, lo cierto es que a veces los sentimientos son tan profundos que no pueden explicarse, sólo sentirse.
Si dejo a un lado todo cuanto significó para mí hasta hace dos años y que en nada me retribuyó, merecerá la pena si lo reemplazo por aquello que tiene verdadero sentido en mi vida desde hace un año.

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Yahya. Carlos Flores A.
Escritor chileno.