«Quien no conoce Estambul, no conoce el amor».

Yahya Kemal Beyatlı.

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Carlos Flores Arias – Yahya.

Escritor chileno.

viernes, 6 de marzo de 2015

Vínculos rotos

Durante estos días he pensado mucho en los afectos perdidos durante la vida, por la muerte, el distanciamiento y hasta el conflicto. Generalmente no soy orgulloso y la prueba está en que cuando debo disculparme por algún error, soy agobiante. Sin embargo, uno se encuentra muchas veces con gente soberbia que nunca reconoce sus equivocaciones ni hace nada por enmendarlos… Últimamente me ha pasado que tropiezo muy seguido con esta clase de personas o bien, con algunos que en realidad no tienen ningún interés en mí como persona y para ellos, sólo soy un perfil de redes sociales. Ésta no es la manera correcta de relacionarse.
Sé que es duro atacar en el primer párrafo de esta manera, pero ya que no doy ningún nombre, nadie debería tomarlo como algo personal pues cada uno sabe lo que hace y sus razones. Yo sólo estoy dando las mías para no callarme más y ambas perspectivas son igualmente válidas para quienes las esgrimimos. Si bien es cierto que podemos estar en desacuerdo unos con otros –porque nunca aprobaré que una persona sea emocionalmente despreocupada o excesivamente orgullosa–, llega el momento en que precisamente por salud mental y emocional, uno debe poner en la balanza las situaciones para decidir en qué casos se debe insistir con los afectos y cuándo seguir el camino.
Yo creo que sólo se debe ser orgulloso en última instancia y para salvar el honor, cuando ya no tiene caso disculparse y comienzas a humillarte. Pero hay personas para quienes salvar el orgullo es lo primero y nunca dan su brazo a torcer. Con esta gente no puedo lidiar si soy el agraviado; en otras palabras, si es conmigo que han cometido el error, doy un tiempo para que se arrepientan y den marcha atrás pero si no lo hacen, me parece incorrecto ser quien vaya tras ellos, porque simplemente no les interesa. Es como si al saludarlos, les dijera que estoy bien sin que me hayan preguntado; sería ridículo.
Así es como se pierden amistades valoradas que en realidad, no eran tan fuertes como uno creía. La culpa es mía por pensar que realmente durarán toda la vida y ésta insiste en demostrarme que algunas personas, siendo muy buenas en su momento, después no lo son porque sólo están de paso y desgraciadamente, han escogido las peores maneras para despedirse, sin siquiera considerar los catastróficos efectos emocionales que tiene una discusión para terminarlo todo. Al respecto, a veces las relaciones acaban por razones estúpidas o la incapacidad de algunos para resolver las diferencias dialogando e increíblemente, lo que desarrollan es una irritante hipersensibilidad, pues se ofenden por cualquier cosa sin notar que la crítica en sí misma es una muestra de afecto, no un intento por destruirlos. Explicado de manera más simple, alguien que critica quiere corregir un defecto que te puede hacer sufrir producto de los errores cometidos y para darse cuenta, se necesita ser humilde; las personas complacientes que nunca te critican, no te quieren, porque no les importa que tus equivocaciones causen desastres.
En mi vida ha habido personas que salieron estrepitosamente, por traiciones demasiado evidentes y reiterativas, pues no soporto a la gente desleal y fue precisamente por alguien así que preferí alejarme de Tarkan Fans Chile Club Oficial. Este párrafo merecería una mención aparte en un artículo propio y muy extenso, donde explicara desde cuándo y cómo terminó todo luego del viaje a Turquía en 2011. Sin embargo, por dignidad no hablaré del asunto ni mancharé una experiencia que inicialmente fue muy bonita. Sería desagradecido con Allâh (swt) si me empeñara en recordar deslealtades que ya disculpé en desmedro del viaje más bello que he hecho hasta ahora.
En otros casos, los afectos se enfrían por la vanidad de algunos que en lugar de tratarte como amistad, te consideran un admirador o seguidor, pero nunca se dan el tiempo para responderte un «¿Cómo estás?» apropiadamente, también porque no les interesa. Hasta el año pasado tuve agregada en Facebook a una persona que constantemente decía «Tengo ochocientos amigos en Facebook y en Twitter», pero yo pensaba «¿A cuántas de esas personas conoces o les importas, para poder llamarles tus amigos realmente? ¿Cinco, seis?»; tal vez eran incluso menos. Pero como no me gusta ser considerado admirador de nadie, esa persona fue eliminada y ni siquiera se dio cuenta de que ahora tiene setecientos noventa y nueve seguidores. Puede ser que mi afecto, mi amistad e incluso mi amor sean fáciles de conquistar, pero ganar mi admiración es bastante más difícil; muy pocos la han alcanzado y menos han sabido mantenerla.
No nos pisemos la capa entre superhéroes. Nadie tiene perfiles en redes sociales sólo para contactarse con ex compañeros de colegio o parientes. Ahora cualquiera puede ser un analista social en sus diversas vertientes y a veces, con muy poco criterio hablar sobre temas que en una conversación entre amigos siempre resultan conflictivos: política, religión, farándula o cualquier otro. Sin embargo, esto se ha traducido en que muchos usuarios persigan el objetivo de tener admiradores que siempre estén de acuerdo, sin importar la estupidez que sea publicada porque claro, no tendría sentido opinar sobre nada si no tuviésemos nadie que nos leyera y se deshiciera en halagos.
¿Y por qué existe gente que siempre nos elogie, aunque en nuestra foto de perfil tengamos una cara monstruosa? Muy simple: porque estos zalameros también necesitan atención y se conforman con un «Me gusta» cada vez que comentan algo. Es en el fondo, una gran máquina exaltadora de egos. Si estuviésemos hablando de sexo, podríamos decir que tiene la misma mecánica de una orgía, donde todos buscan la satisfacción de saberse atendidos aunque algunos quieran orgasmos mientras otros se conforman con besos en la mejilla. Se da el mismo fenómeno cuando sigues a personalidades famosas: sabes que jamás te responderán un comentario y aún así, les presumes a todos tus cercanos que lo tienes agregado; pero si por educación ese famoso también te sigue, alcanzas el éxtasis y eres capaz de salir a gritarlo por las calles con megáfono.
Sea porque necesitan la admiración o la atención de desconocidos, hay quienes agregan en sus redes sociales indiscriminadamente a todo aquél que les solicita amistad e incluso tienen posteos públicos gracias a los cuales cualquiera puede enterarse de todo lo que hacen, dónde van o información que debería ser privada. Yo soy más cuidadoso con eso porque mis publicaciones sólo las pueden leer ciertas personas que tengo agregadas por grupos y además, como en el caso de la persona que decía tener ochocientos amigos, si dentro de un tiempo prudente noto que alguien nunca me comenta nada ni responde mis saludos, simplemente lo elimino e incluso, he llegado a bloquear gente, aunque parezca extremista.
Sí. Es verdad que pocas veces la gente comenta mis publicaciones pero por otro lado, tampoco me gustaría recibir treinta notificaciones diarias ni tampoco necesito eso para sentirme querido por quienes realmente me importan. Hay que saber diferenciar entre los verdaderos afectos y aquellos que simplemente son conocidos.
No pretendo que mi número de amigos en las redes sociales descienda dramáticamente, pero escribo esto porque a veces espero demasiado de personas a quienes no les importo. Hace tiempo tuve una amistad que duró apenas dos años y cuando terminó, nunca me escribió ni telefoneó para preguntarme las razones, en parte porque creo que ya las sabía. Sin embargo, tiempo después de mi viaje a Turquía, me enteré de que estaba preguntándoles por mí a amistades comunes. ¿Por qué nunca tuvo el valor de buscarme directamente? Tal vez ese simple gesto me habría hecho reconsiderar mi decisión, pero es posible que su ego haya podido más. Ahora, aunque Sr. L me buscara, no tendriamos nada en común y no es que antes lo hayamos tenido, pero nos llevábamos relativamente bien. Siempre me ocurre que mis amistades me valoran demasiado tarde, porque creen tenerme seguro hasta que me pierden.
Es lamentable pensarlo pero a veces, los vínculos se rompen y no siempre es uno quien debe poner todo el esfuerzo para mantenerlos. En cuanto a las redes sociales, los que realmente me importan lo saben, porque constantemente demuestro mi interés y en la vida real, es igual.

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Yahya. Carlos Flores A.
Escritor chileno.