«Quien no conoce Estambul, no conoce el amor».

Yahya Kemal Beyatlı.

Comenta en este blog

Selamünaleyküm: No olvides dejar al final de cada artículo tu comentario para el autor de este humilde blog que acabas de leer. Tus opiniones serán tomadas en cuenta para mejorar el contenido en la forma y el fondo.

Si esperas respuesta a tu comentario, debes buscarla dentro de la misma sección del artículo que comentaste. Gracias. Selam.

Carlos Flores Arias – Yahya.

Escritor chileno.

viernes, 14 de marzo de 2014

Escritor chileno Pablo Simonetti es discriminado

En la foto: Pablo Simonetti Borgheresi, escritor chileno.

Bismillah.
Durante estos últimos días he escrito artículos promoviendo la tolerancia y hablando sobre aceptarnos unos a otros en nuestra condición humana. Apenas publiqué ayer, el también escritor chileno y objeto de mi admiración, Pablo Simonetti, revolucionó Facebook y Twitter posteando lo siguiente:
«Hace menos de una hora, entré a un ascensor en el piso 10 de la Clínica Alemana. A medida que bajábamos iba subiendo más gente. En el tercero entró un hombre de unos 70-75 años, acompañado de su mujer. Quedaron pegados a la puerta y yo al fondo. En voz baja pero perfectamente audible, al verme dijo:
-No se nos vaya a pegar el sida.
-¡Qué!-exclamó ella.
Él apuntó hacia mí con un gesto de la boca al decir:
-Va el escritor al fondo.
-¿Qué dijo, señor? -lo interpelé-, ¿que se le puede pegar el sida?
-Que ojalá no se me pegue -me encaró. La gente alrededor permaneció muda.
-Ojalá que a mí no se me pegue su homofobia.
-¡Yo los deploro!
-¡Yo lo deploro a usted!
El ascensor se detuvo en el siguiente piso y ellos se bajaron. Desde afuera el tipo volvió a gritar:
-Yo deploro a estos maricas.
Dos personas que iban en el ascensor me dijeron que no me hiciera mala sangre, que huevones había en todas partes. Los demás se hicieron los desentendidos. Yo me hice mala sangre igual y todavía siento la rabia que provoca la humillación.
Este incidente me hizo pensar una vez más en los cientos de miles de chilenos y chilenas que aún tenemos que sufrir humillación, exclusión, violencia e incluso la muerte a manos de gente homofóbica, gente buena en apariencia, pero tan violenta como el tipo que me agredió en el ascensor. Hay cientos de miles de chilenos y chilenas que, además de tener que encarar las adversidades de sus vidas, tienen que soportar el atropello machista.
Y me hizo pensar especialmente en las personas portadoras de VIH y el horrible prejuicio que todavía pende sobre ellas.
Ya es hora de que nuestro país les confiera plenos derechos a las personas lesbianas, gays, bisexuales y transexuales, ya es hora de que el Estado se esfuerce en implementar políticas públicas para erradicar de una vez por todas estos prejuicios que tanto hieren y que estigmatizan a tantos cuyo único deseo es ser reconocidos, respetados y tratados como iguales». 
Sin poder pasarlo por alto debido a lo que durante la tarde había postulado, me sentí motivado para comentarle:
«As salam aleykum Pablo... InşAllah mis palabras no pasen desapercibidas. Yo comprendo tu postura porque si te acuerdas, soy minusválido y he aprendido que todos sufrimos en mayor o menor medida de discriminación. Este tipo de gente a la que te refieres, me da más lástima que rabia, porque no están conscientes de que ellos mismos podrían ser discriminados y se afanan de una normalidad que en realidad nadie posee. Nadie puede definirse como normal en tanto exista la diversidad... El principal motivo de que esta gente te ataque no es que hayan percibido algo desagradable en ti, sino que reflejan sus propios temores y defectos. En realidad, nos incluyo a todos cuando digo que no hemos alcanzado un punto en el cual podamos respetarnos más allá de las características particulares, porque no aceptamos la condición humana del prójimo sino sólo la propia. Me explico: nos autoperdonamos y justificamos todos nuestros errores y defectos porque somos seres humanos imperfectos, pero no nos medimos al momento de ofender a otro, porque la gran mayoría no empatiza ni reconoce en otra persona esa misma humanidad imperfecta, esa igualdad. Momentos como el que viviste serán inevitables en tanto haya quienes no reconozcan en el otro a un igual. Compadezco a ese hombre por no reconocer sus propias limitaciones. Salams».
No pude ponerle puntos aparte porque la configuración de Facebook es bastante particular para la puntuación. Sin embargo, sabiendo cómo es Pablo porque en más de alguna ocasión he tenido el placer de charlar con él, me atreví a escribir esto porque mi humilde comentario recibió ochenta y cuatro Me gusta..
Allâh (swt) y mis lectores son testigos de que en este mismo blog he escrito artículos defendiendo los derechos de todas las minorías pero también, aclarando que según mi perspectiva, las minorías sexuales tienen que cumplir con ciertos deberes para exigir derechos y en honor a la verdad, he conocido muchos casos en los cuales homosexuales le dan más espacio a las excesivas libertades.
Sin ánimo de juzgar en absoluto porque no me corresponde, es mi simple opinión cuando digo que estas actitudes frívolas no contribuyen en nada al extenuante esfuerzo que personas como Simonetti realizan diariamente, para mejorar nuestra sociedad desde su vereda aportando a la tolerancia y desarrollando paulatinamente un respeto que hoy en día no sólo las minorías sexuales necesitan sino todos.
Como no podía escribir un artículo en la biografía de Facebook que mi colega tiene, dejé fuera algunos puntos que me gustaría desarrollar aquí.
Para empezar, es bastante negativo e incluso nefasto diría yo, que alguien estigmatice pública o privadamente a una persona por su orientación sexual sin siquiera conocerlo realmente con una enfermedad. En primer lugar, no sólo se discrimina a la persona individualizada, en este caso Pablo Simonetti sino que también a toda aquella gente que padece VIH.
No cuestionaré para nada las razones por las cuales alguien podría contagiarse. Algún lector podría comentarme que si un seropositivo lo es, puede ser por su conducta privada. Sin embargo, yo he conocido a estas personas y sé positivamente que no se les debe castigar socialmente, aún más.
Por favor, tengamos criterio suficiente para distinguir cuándo debemos hablar o permanecer callados. Ninguno de nosotros puede tener plena seguridad de no sufrir en el futuro algo así en carne propia o con algún ser querido. A veces somos descuidadamente hirientes y vamos por la vida vomitando veneno contra otro porque creemos que jamás le volveremos a ver o nunca nos sucederá lo mismo e incluso algo peor. ¿Quién de entre nosotros puede tener esa seguridad?
A menudo actuamos con tal soberbia, distinguiendo a quienes se merecen un castigo divino e ignoramos que esa actitud es en sí misma punible. Es desearle el mal a alguien sólo por ser como es y no como a nosotros nos gustaría que fuese.
Deberíamos entender que mientras exista diversidad en cualquiera de sus formas –y siempre existirá-, corresponde respetar al otro en su espacio, su individualidad humana. ¡En el nombre de Allâh! ¿Cuánto necesitamos comprender y realmente interiorizar que todas las personas son valiosas por sí mismas, más allá de las particularidades? Los consensos sólo son posibles si yo como ser humano y quitándome todas las etiquetas socioculturales, acepto al prójimo como un igual más allá de los puntos en común. Allâh (swt) no nos pide que amemos –y respetemos- solamente a las personas que piensan y viven como nosotros. Más bien, Él creó la diversidad y ha permitido que ésta se desarrolle en diversas formas.
Quiero que me entiendan porque éste no es un discurso fundamentalista. Sin embargo, nadie tiene derecho desde su propia e ineludible imperfección humana a decir ni insinuar siquiera quién merece o no ser respetado según su existencia.
Hay veces en que uno mismo se topa con personas insoportables y en mi caso particular, hay algunas con quienes no puedo compartir el mismo espacio por más de dos minutos como tiempo máximo. Empero, cuando eso me sucede, simplemente me retiro discretamente hacia otro sitio donde pueda sentirme cómodo y de ningún modo ataco física o verbalmente a quien me desagrada, aunque sean muchas las ganas de hacerlo. Si llegase a proferir algún insulto o comentario malicioso para hacer notar mi molestia, jamás se me ocurriría desdeñar por alguna enfermedad, orientación sexual o causal de posible discriminación.
Bien dice Pablo: «Hay cientos de miles de chilenos y chilenas que, además de tener que encarar las adversidades de sus vidas, tienen que soportar el atropello machista». Me gustaría ir aún más allá, pues no son sólo mis compatriotas y el ataque no se limita únicamente al machismo. A veces somos tan descriteriados, que actuamos discriminando a los demás como si fuésemos perfectos.
Quien me conoce sabe que uso silla de ruedas y lentes, soy zurdo, diabético e inevitablemente todo eso se me nota. ¿Acaso no sería yo un soberano estúpido si discriminara a otros por alguna característica en particular? No hablemos de defectos ni enfermedades porque en esto quiero ser claro: aunque muchos lo crean así por diversas razones, al menos según mi modo de ver, la homosexualidad no es una falla de diseño. Sé que muchos hermanos míos pensarán en mi afirmación como una bid'ah o innovación del Islam, comprendiendo que ésta es prohibida o haram. Sin embargo, mis argumentos son simples:
«No cae una hoja de un árbol sin que Allâh (swt) lo permita». Esto se refiere a que no hay nada ajeno a Él y si permite la diversidad en todas sus formas, incluida la sexual, no es nuestro rol discriminar. Ciertamente la Tora, la Biblia y el Noble Corán prohíben explícitamente conductas homosexuales dentro del margen de la fornicación, considerada haram. Sin embargo, si existe la homosexualidad nosotros debemos aceptar que la voluntad de nuestro omnisciente Creador es muchas veces incomprensible para nosotros, que tenemos limitados conocimiento y criterio.
Entre los noventa y nueve bellos nombres o atributos de Allâh (swt) se destacan insistentemente:
Ar-Rajmân: el Benefactor, el Misericordioso.
Ar-Rajîm: el Compasivo.
Al-Ghaffâr: el Indulgente, el Perdonador por excelencia.
Al-Fattâj: el Victorioso, el Juez, el Revelador.
Al-‘Alim: el Conocedor de todo lo que es cognoscible.
Al-Jakam: el que juzga, el Arbitro.
Al-‘Adl: el Justo, Aquel que es la justicia suprema.
Al-Jalîm: el Manso, lento para castigar.
Al-Ghafûr: el Muy Indulgente, Aquel que perdona mucho.
Al-Jasîb: el Calculador, Aquel a quien se debe rendir cuenta.
At-Tawwâb: Aquel que se arrepiente, que puede retornar sobre sus juicios.
Al-‘Afû: el Perdón, Aquel que perdona.
Ar-Ra’ûf: el Compasivo.
Teniendo todos estos atributos como derecho propio por ser quien es, me parece una soberbia de nuestra parte creernos capaces de determinar con la imperfección que tenemos, quiénes son o no dignos del perdón o la aceptación. Más aún si en alguna medida hemos sido víctimas de discriminación en cualquier forma.
Les recuerdo que muy a nuestro pesar, durante la Edad Media el Santo Oficio más conocido como Inquisición se dedicó durante siglos a perseguir, torturar y matar gente bajo acusaciones de brujería, herejía y sodomía incluso muchas veces sin la debida comprobación. ¿Todo esto simplemente porque no podemos aceptar las diferencias?
Léanlo bien, porque esto no tiene nada de simple. Lo que le sucedió a Pablo Simonetti dentro de un elevador parece irrelevante. Pero sin temor a parecer grave, así es como comienza todo y nosotros somos partícipes de esa pantomima que se ha prolongado a lo largo de la historia humana, ya sea siendo protagonistas directos o guardando silencio como hicieron algunos que estaban en el ascensor.
He leído algunos comentarios que los lectores de Pablo le hicieron cuando publicó lo sucedido y me parece sin embargo, que producto de la apasionada admiración, algunos cometieron el mismo error que criticamos a este caballero de setenta o setenta y cinco años.
Tampoco han sabido comprender que si en la actualidad tenemos la mente más abierta, aún hay problemas para modificar ciertos patrones conductuales discriminadores muy arraigados socialmente. Creemos que todos deben pensar como nosotros ya sea para discriminar o aceptarlo todo indiscriminadamente.
No olvidemos pues que Chile aún tiene mucho camino por recorrer en materia de integración social y aún así, no agradecemos estar mucho más avanzados que otros países.
Ustedes saben que amo Turquía y me encantaría vivir allá. Sin embargo, en algunos ámbitos como la implementación de políticas públicas que permitan a minorías sexuales integrarse plenamente a la sociedad, están bastante más atrasados que nosotros porque las diferencias culturales están todavía demasiado sostenidas.
Aún así, ellos pueden presumir de tener dos personeros políticos integrantes de la comunidad GLBTI que serán apoyados por sus respectivos partidos en las próximas elecciones municipales de este mes: Can Çavuşoğlu y Öykü Evren Özen. Esto ha llevado al anuncio de que más candidatos pertenecientes a las minorías sexuales se presentarán a cargos públicos en ciudades tan importantes como Ankara, Esmirna y Estambul.
Tal vez esto sea el resultado de la discriminación ejercida contra el árbitro de fútbol Halil İbrahim Dinçdağ, quien fue suspendido tras declarar su homosexualidad.
En el caso de gente con capacidades diferentes como yo, que en Chile soy discriminado por eso, los turcos nos llevan una ventaja solidaria mayúscula. Te ayudan constantemente y no son indiferentes ante tus solicitudes o necesidades. Yo lo viví allá y el Gobierno hasta se ha preocupado de implementar la infraestructura adecuada para el fácil desenvolvimiento de personas que usen silla de rueda moviéndose por la ciudad.
Como si eso fuera poco, disponemos de movilización pública gratuita al igual que acceso a algunos lugares turísticos. De esto último, destaco la existencia de ascensores, baños públicos, rutas señalizadas en todas las partes que conocí. Ni parecido al montacargas que se encuentra en la estación de Metro Ecuador aquí en Santiago y que es muy difícil de usar para bajar desde la boletería hasta el andén.
Hoy en el programa Mañaneros de La Red TV, Julia Vial entrevistó a un matrimonio de ciegos que perdieron –espero temporalmente- la custodia de sus pequeños hijos porque facultativos del hospital donde era atendida la mujer embarazada, los denunciaron considerando que no eran aptos para criar niños. Sin embargo, la pareja ya había tenido un hijo que actualmente tiene cinco años y como si eso fuera poco, la madre de la mujer injustamente denunciada crió a tres hijos sufriendo también ceguera además de una enfermedad degenerativa en las manos.
Somos un país que se jacta de estar en vías de desarrollo y sin embargo, el prejuicio sigue siendo detonante de reacciones que no sólo afectan a un individuo sino también a toda la sociedad de manera funesta.
El caso de discriminación contra Pablo Simonetti puede explicarse aunque no justificarse. Los niños y adolescentes actuales parecen tener más capacidad de tolerancia incorporada en el código genético y a pesar de eso, seguimos viendo algunas actitudes homofóbicas o discriminativas en general al interior de establecimientos educacionales. ¿Qué podríamos exigirle entonces a un caballero de setenta a setenta y cinco años, chapado a la antigua y que no dispone del conocimiento que generaciones más recientes derrochamos como aquél que nos dan los medios de comunicación masiva?
Puede ser contradictorio decirlo a estas alturas del artículo, pero en algunos detalles la gente no cambia. El modo de percibir la realidad que nos rodea depende de nuestro entorno sociocultural, la crianza y muchos otros factores que nos definen como individuos. Algunos son severos juzgando a este caballero, pero no consideran que como todos nosotros, él también es resultado del pasado y presente que cada uno carga, que nos forma como personas. Somos la consecuencia de múltiples factores, que como ingredientes se añaden a la receta de nuestra personalidad particular. Cada persona es un universo en sí misma.
A pesar de que soy dos o tres años mayor que algunos de mis amigos turcos y por ello podría esperar que tuvieran las mentes más abiertas, no puedo juzgarlos ni debo olvidar que aún siendo de la misma generación, somos de países y culturas distintas. Ellos hacen todo lo que pueden por tener las mentes abiertas en cuanto les sea posible, para digerir una sociedad cambiante, que se debate entre tradición impuesta y modernidad chocante. De pronto, llega a sus vidas alguien como yo, acostumbrado a ver desnudos en televisión para vender productos lácteos y que además, habla tan descarnadamente de temas tabú.
A veces debemos ser nosotros quienes demos el primer paso tolerando a aquellos que no tienen fácil adaptabilidad. Es más… Nosotros, acostumbrados a hablar sobre estos temas como si del clima se tratase, estamos obligados a ser más tolerantes y predicar con el ejemplo en lugar de reprocharle a otro que no piense igual.
Sufro mucho si una amistad se rompe porque la persona en cuestión no acepta mis diferencias. Mi problema tal vez sea involucrarme demasiado emocionalmente. Sin embargo, como dije antes, somos el resultado de múltiples factores que muchas veces están fuera de nuestro control y en ese sentido, no somos responsables de ser así, simplemente humanos.
Obviamente no me refiero a casos delictuales como el que apareció esta mañana en los medios, sobre un chico de apenas catorce años que allanó una casa para robar y no contento con eso, al percatarse de que estaba presente únicamente una anciana de setenta y siete años, la violó cuatro veces.
Durante estos días he escrito sobre aceptarse uno mismo, respetar a los demás, tener tolerancia, acoger la condición humana propia o ajena en su totalidad con defectos y virtudes, ejercer nuestro derecho humano a tener sentimientos aunque otros discrepen de nuestro sentir… Hoy he querido en un artículo nada breve, lo reconozco, englobar todo ello hablando contra la discriminación. Me parece que eso resume en gran parte el tema si bien pude haber dejado algún punto en el tintero por mera distracción.
Sé que estas palabras pueden resultar densas para algunos lectores y ni hablar de comparar mi tosca técnica con la prolija narrativa de mi estimado Pablo Simonetti. Mas me he sentido motivado a escribir, impulsado por la urgente necesidad que tenemos todos de analizar, desarrollar, debatir, masticar y tal vez tragar estas ideas. Humildemente les pido que lean el artículo y amplíen el limitado horizonte de estas palabras, aportando constructivamente su perspectiva. No aspiro a cambiar el mundo ni mucho menos, sino quizás hacer una reflexión útil.

1 comentario:

mmollaosmanoglu dijo...

Çok güzel bir yazıydı kardeşim, Saygı ve hoşgörü üzerine okuduğum en iyi yazılardan birisiydi. Ben nasıl Şili'yi ve Şilili olanları çok seviyorsam sen de Türkiye'yi ve Türkleri seviyorsun. Sevgiler.

Gracias por tu visita

Si llegaste a este blog y lo leíste, agradezco que me dedicaras un poco de tu tiempo.

Asimismo, te invito a dejarme tus comentarios, sugerencias, peticiones y críticas constructivas en los posts.

Por último, si te agradó, puedes añadir un vínculo de La Pluma Dorada en tu página web, blog, fotolog o espacio personal y así, colaborar al crecimiento de este humilde rincón. También te invito a convertirte en seguidor.

Espero tenerte de regreso; siempre serás bienvenido. Hasta pronto.

Yahya. Carlos Flores A.
Escritor chileno.