«Quien no conoce Estambul, no conoce el amor».

Yahya Kemal Beyatlı.

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Carlos Flores Arias – Yahya.

Escritor chileno.

domingo, 2 de marzo de 2014

Una palmada

En este último tiempo he sufrido muchas hipoglucemias. Algunas graves y otras no tanto. Cuando estás tan consciente de tu propia mortalidad, a veces es bueno echar un vistazo al pasado, a lo que has hecho en algún aspecto particular de tu vida. Yo por ejemplo, siempre me remito a mis afectos cuando hago este ejercicio y veo quienes entran o han salido del camino que estoy recorriendo.
Como esta mañana tuve otra hipoglucemia, ahora sentí esa necesidad de retroceder un poco. Pero me fui hasta el año 2009, cuando todavía ni siquiera tenía planeado viajar a Turquía.
Indudablemente hubo alguien que marcó época durante ese período y aunque ahora lo tengo fuera de mi círculo, a veces repaso las vivencias agradables que me entregó. No fueron pocas; en ese sentido, no puedo ser desagradecido. Sin embargo, el distanciamiento que tuvimos durante dos meses entre 2009 y 2010, dejó en mí una cicatriz profunda por la cual hasta hoy pagan el costo quienes se alejan de mí.
No quiero que me malentiendan. No tomo represalias contra esas personas sino más bien, aunque me cueste, si quieren apartarse les doy su espacio, permanezco silencioso a la espera de que cualquier resentimiento hacia mí se borre. En aquellos tiempos debí aprender de la manera más difícil, siendo advertido «O te apartas o te doy una patada». La verdad es que me lo dijeron de manera mucho menos amable, pero no quiero romper aún la armonía de este texto con lenguaje grosero.
Después de tanto tiempo, tengo muy asumido que en aquella ocasión también tuve parte de responsabilidad en el conflicto. Pero tal como los patrones se repiten, creo que cualquiera sea el tipo de afecto, saboteo mis relaciones argumentando una completa honestidad, sin considerar que algunas personas se sienten incómodas con la verdad aunque callándomela también les golpee el rostro.
Éste es el caso de algunas personas que como yo, no tienen filtro al momento de hablar sobre sus sentimientos y esperan ser bien recibidas por todo el mundo. Desgraciadamente no todos están preparados para asumir declaraciones absolutas, por ejemplo.
Mientras estudiaba comunicación social, mi profesora Carmen Pélissier nos dijo una vez: «La palabra tiene poder. Todo lo que decimos y lo que no decimos ejerce una influencia que puede ser decisiva sobre el individuo. Cuando éste espera una respuesta y callamos, también le contestamos con todas las posibles respuestas a su interrogante. Por otro lado, hay declaraciones que solemos hacer con demasiada ligereza, como si no causaran ningún efecto y sin embargo, frases tales como un “Te amo” o un “Te odio” pueden cambiarle la vida a alguien y nosotros lo ignoramos. Somos amos de lo que callamos y esclavos de lo que decimos».
En este sentido, Carmen nos especificó que según Humberto Maturana, la forma de decir algo no solamente depende de las palabras que usemos sino también de la intención que tengamos. Decir “Te quiero” a alguien obviamente es distinto a usar el nunca bien ponderado “Te amo”, que lamentablemente hoy está tan devaluado. Cuando usamos la segunda declaración, en ella incluimos inconscientemente una promesa de compromiso implícita que muchas veces, no estamos dispuestos a cumplir después.
Al respecto, Pélissier nos decía que una promesa no siempre debe cerrarse con un “Lo prometo” para validarla. A veces una mirada, una sonrisa guardan promesas mudas que incluso nos dan aún mayores expectativas sobre las relaciones, especialmente si constituyen parte del ámbito amoroso.
Sin embargo, para desgracia de muchos actualmente estas señales no son consideradas como algo más que simples gestos efímeros, coqueteo utilizado para alcanzar un fin específico sin mayor proyección, como sexo casual por ejemplo.
Sin duda alguna, esto desvaloriza cualquier emocionalidad latente y mina la autoestima de quien sí espera algún mayor significado de aquellas acciones. Recuerdo que en 2000 le pedí un consejo amoroso a Carmen y me dijo algo evidente: «No puedes forzar los sentimientos de nadie. Una persona puede amarte o no, así de simple».
Tal vez ésta sea la más poderosa razón de que la gente calle sus sentimientos. El temor a hacer el ridículo siendo rechazados nos paraliza. En determinados momentos de mi vida, reconozco que debí quedarme callado porque hablando debí pagar un precio muy alto o al menos, eso sentí entonces.
Éste a su vez es el motivo de que muchas personas hayan claudicado en su búsqueda del verdadero amor y se conformaran con sólo tener relaciones esporádicas, sin un mayor compromiso emocional y que únicamente les reportan breves momentos de intimidad furtiva con gente que quizás no volverán a ver. Así se evitan el difícil camino de la probable decepción amorosa pero al mismo tiempo, parecen ignorar que su opción fácil es incluso más dolorosa, pues ni siquiera intentan sentir y como resultado final, van perdiendo la capacidad real de sentir, confundiendo deseo o pasión con sentimientos reales.
Por ello es que algunas personas de mi pasado, que en 2009 eran muy importantes, hoy ya ni siquiera forman parte de mi vida. Ciertamente uno se cansa de buscar algo que tal vez nunca estuvo ahí. Entonces, al darnos cuenta, es mejor retirarnos dignamente o como mejor podamos.
Empero, mi política sigue siendo la honestidad completa aunque siempre me tope con personas que no corresponderán de la misma manera. Básicamente no puedo fingir un sentimiento. Con el carácter que tengo, todos los sentimientos se me notan exageradamente, tanto si son buenos como si son malos.  Siendo deshonesto me sentiría como un estafador emocional y hay individuos que se sienten cómodos así, pero yo no puedo, aún estando seguro del rechazo.
Lo entiendo y por eso, aunque espero algo de vuelta, nunca exijo nada. Nacemos solos y libres para sentir lo que queramos por quien sea. Cuando amamos a alguien más allá de la lujuria por ejemplo, apostamos todo nuestro capital sentimental sin saber a ciencia cierta si seremos correspondidos. Y por mucho que lo deseemos, esto no siempre sucede. Para ser franco, casi nunca damos con la persona indicada para enamorarnos y ser felices toda la vida.en realidad, el sólo hecho de enamorarse es en sí mismo una aventura que todos queremos vivir alguna vez, pese al sufrimiento del desamor posterior. Es cierto que la mayoría de las veces nos desilusionamos, pero seguimos buscando, porque lo que al principio nos pareció un golpe devastador, con la experiencia se siente como una palmadita en el trasero. Te vas acostumbrando. ¿A quién no le ha pasado que ya desenamorado de alguien, se ha preguntado cómo pude tomarme tan en serio a esta persona? Y lo que verdaderamente desestimamos es nuestro apasionamiento por aquel individuo, no al ser humano como tal.
Siempre he dicho que a pesar de la desvalorización actual, las personas no somos desechables aunque algunos ´piensen lo contrario. Cuando hablamos de olvidar a alguien, más bien nos referimos a aplacar nuestra pasión y ver la realidad tal como es, sobre todo si no somos correspondidos.
Es lo que se debe hacer si vemos que el ser amado nos maltrata. Por ejemplo, en mi caso siendo joven creía que mis enamoramientos no progresaban porque el ser amado rechazaba mi silla de ruedas con todo lo que ello implica. Más adelante entendí que si alguien me rechaza por un defecto físico del cual estoy libre de responsabilidad, no es mi problema sino suyo.
La gente teme mirar más allá de las apariencias, porque si nos fijásemos en las bondades, cualidades y nobles sentimientos de alguien, nos expondríamos a sentir algo por aquella persona y seríamos vulnerables a un compromiso que quizás no deseamos adquirir.
A pesar de ello y aunque a algunos no les guste admitirlo, insisto en reivindicar el legítimo derecho inalienable de cada individuo a enamorarse de quien quiera, independientemente de si el ser amado le corresponde o no y sin importar nimiedades como condición social, orientación sexual, raza, credo o cualquier otra característica que simplemente nos hace humanos. Nadie en este mundo con condición humana imperfecta tiene atribuciones para decirnos «No te puedes enamorar de tal persona». Ni siquiera nuestro propio ser amado tiene derecho a decirnos «No te puedes enamorar de mí». Aunque no sienta lo mismo, debe reconocer la libertad de sentimiento, pues el negar esto implica coartar la libertad de una persona para decidir cómo quiere vivir para sentirse plena.
En estos tiempos es difícil hallar a un valiente que hable de sus sentimientos con total sinceridad, porque se le teme demasiado al fracaso. Para que alguien se enamore de ti, deben ocurrir dos cosas:
  1. Que te acepte tal como eres. Esto no ocurre porque la mayoría intenta cambiarte para adaptarte a la imagen idealizada de lo que cree merecer como pareja. Y casi toda la gente se cree merecedora de alguien que bordee la perfección. 
  2. Que acepte lo que siente por ti. Esto no ocurre generalmente porque la mayoría está sujeta a un modelo estandarizado de las relaciones amorosas según conceptos socioculturales impuestos desde la niñez y todos quienes se salgan de ese molde, son considerados parias sociales. Por ello, la mayoría prefiere adaptar su felicidad a lo que se espera socialmente y casi nadie ya se atreve a ir contra viento o marea por amor.
Eso quedó para los amantes a la antigua, que se atrevían a escribir poéticas cartas de amor donde expresaban respetuosamente sus sentimientos por el ser amado, escogiendo con cuidado las más hermosas palabras, pues sus intenciones iban más allá del sexo casual y por ello, de haber existido la mensajería instantánea en aquellos tiempos, no se habrían conformado con una carita feliz seguida de un corazón. Aunque parezca increíble, mientras más medios de comunicación tenemos, menos nos decimos. Podemos pasar el día entero metidos en las redes sociales y el chat, pero no hablamos nada que realmente merezca la pena ser dicho.
A pesar de todo esto y aunque ha transcurrido mucho tiempo desde 2000 hasta ahora, sigo manteniendo vivas mis ilusiones como aquella de volver pronto a Turquía, inşAllah para estar con mis amados turcos (ellos saben quienes son). Después de todo, esta vida no merecería la pena sin esperanza.

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Yahya. Carlos Flores A.
Escritor chileno.