«Quien no conoce Estambul, no conoce el amor».

Yahya Kemal Beyatlı.

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Carlos Flores Arias – Yahya.

Escritor chileno.

domingo, 6 de agosto de 2017

Carta de despedida para Sr. L

No recuerdo bien la fecha, pero hace seis años cuando viajé a Turquía, conocí gente por la cual me sentí valorado, amado y respetado. Al regreso, mi reencuentro con el Sr. L –¿se acuerdan de él?– no fue todo lo que podría esperarse de dos amigos cuyas mutuas palabras hablaban de tanto cariño, añoranza y vivencias comunes rememoradas cuando estuviésemos ya viejos. Más bien resultó frío, distante, porque había experimentado nuevos sentimientos que reforzaron mi alicaída autoestima. Le entregué los regalos traídos desde Estambul, paseamos por el centro de Santiago y luego, me despedí sin saber si le vería nuevamente en esta vida.
Para entonces, ya tenía en mi corazón el deseo de ser musulmán, aunque como he dicho muchas veces, sabiéndome un ser humano imperfecto no pretendía ni lo hago ahora, alcanzar la santidad. Hay cosas en el alma a las cuales llamamos nuestra esencia.
El tiempo hizo que nos distanciáramos aún más, mientras que hasta cierto punto me dejé influenciar por opiniones de terceros –aunque con esto no pretendo eximirme de mi responsabilidad– y lo bloqueé en mis redes sociales sin decirle, como veces anteriores cuando simplemente lo eliminaba, que nuestra amistad había terminado… Tampoco asumiré toda la carga de ello, porque en su momento tuve razones de peso para tomar aquella decisión al darme cuenta de que necesitábamos avanzar y juntos no lo estábamos logrando: ambos esperábamos lo que por distintas razones, el otro no nos podía dar.
Habiendo pasado un tiempo, Esteban quien antes tanto se empeñara en hacerme ver los defectos del Sr. L, pasó a ser su principal defensor hasta el hartazgo –de hecho, ésta fue una de las razones por las cuales también terminé nuestra amistad–, insistiéndome en que todos merecemos una segunda oportunidad, pues el aludido tanto me extrañaba como me quería y hasta hacíamos una bonita pareja (aclarado sea que jamás lo fuimos). Sin embargo, evitando detallárselas, con la misma constancia le recordaba que había tenido mis razones para bloquearlo. A pesar de esto, siempre me extrañó que aun teniendo mi número telefónico o cómo conseguirlo por medio de nuestras amistades comunes, nunca me llamara a pesar de extrañarme tanto, en lugar de enviarme saludos con personas a quienes poco frecuentaba. Es sólo una duda.
Los años siguieron transcurriendo y el pesar de no haberme sentido valorado, se fue. Llegó así el 13 de noviembre de 2015 y un comentario anónimo en este blog rezaba: «A veces... Tantos años teniéndome bloqueado y “a veces” te sigues acordando de mí (como yo de ti). Un gran abrazo Carlangas. Mucho éxito». Lo interesante fue que en la entrada había mencionado uno de los tantos dichos que siempre repetía el Sr. L y a pesar del anonimato, pude reconocerle. Se había presentado la oportunidad perfecta para explicarle al menos un motivo y brevemente destacar que no sentía rencor.
Como siempre ocurre, el tiempo no se detuvo y desde hace algunos días en mi mente rondaba la curiosidad por saber qué sería de aquel amigo con quien a diferencia de otros, no tuve una pelea ni una separación ofensiva sino al contrario, simplemente hice mis maletas para retirarme sin despedirme cuando ya no estaba aportando a la relación. También recordé las palabras de Esteban al decirme que todos merecemos una segunda oportunidad, me asaltó la conciencia aquel du’â hecho diariamente para recobrar algunas amistades perdidas y por último, no pude evitar recordar que eventualmente todos moriremos. No quise irme de esta vida sin dar esa posibilidad de reconciliación, teniendo en consideración que el Sr. L aparentemente no me guardaba rencor.
Por eso, lo desbloqueé en Facebook y le escribí un mensaje privado recordándole su comentario en el blog, mencionándole que podía agregarme si así lo deseaba, pero entendería si decidía no hacerlo y por último, correspondiéndole el cariñoso saludo.
Es cierto que al principio me molestaba la intervención de terceras personas en nuestra amistad, tanto para criticarlo como abogando por su causa. Al igual que sucede con los sentimientos -siendo muy inútil presionar a alguien para declararse antes de que se sienta emocional y mentalmente listo-, también necesitamos tiempo para madurar y darnos cuenta de aquellas cosas imperceptibles cuando no podemos ver más allá del propio ombligo. Seis años debieron pasar, habiendo cumplido la misma edad que tenía Sr. L cuando nos separamos, pero finalmente comprendí que recordarlo estos días podía ser un presentimiento o simple nostalgia porque me guste o no, fue parte del proceso llamado madurar.
Algunos podrían creerse con el derecho de reprocharme que haya dejado pasar demasiado tiempo antes de escribirle, pero creo firmemente que todo sucede en el momento preciso -ni antes ni después- y tal vez el resultado final de este acercamiento no debía ser una reconciliación sino más bien, una despedida en buenos términos. Allâh (cc) sabe que si le hubiese escrito hace cinco años, cediendo a la presión de Esteban, no habría sido sincero pues todavía tendría algo de resentimiento y sí, durante este período había sentido el impulso de desbloquearlo, pero no me sentía suficientemente preparado, no sabía qué decirle y hasta cierto punto, temía una mala reacción. Creo que seis años es el tiempo justo para cerrar nuestras heridas y además, me aproximé por voluntad propia, sin sentirme presionado. Esto demuestra que mi interés en reconciliarnos era sincero, pero tal vez no debía ser; debo quedarme tranquilo habiéndolo intentado.
Pasaron tres horas antes de recibir su respuesta, que tampoco citaré textualmente aquí por considerarla relativamente privada, aunque sí puedo decir que para mi sorpresa no fue nada hostil sino todo lo contrario. Empero, el último párrafo fue sin duda una despedida: «No te agrego sólo porque ahora, nuestros caminos son distintos, pero siempre serás parte del camino que recorrí y yo del que recorriste tú. Bendiciones».
Fue muy gentil al responderme de manera casi inmediata, afable y educada. Pero al parecer, Esteban exageraba tanto criticándolo cuando éramos amigos como defendiéndolo cuando ya no teníamos una relación. Tal vez Sr. L se encontró con este intermediario y sólo le preguntó si acaso me había visto, cómo estaba o me envió sus saludos; pero esto fue aumentado al punto de hacerme imaginar que en realidad podía existir un reencuentro o que él estaba sufriendo muchísimo.
Cuando Esteban y yo charlábamos, ineludiblemente acabábamos hablando de Sr. L; es cierto que en su respuesta me dice «Justo hoy me estaba acordando de ti» pero como mencioné anteriormente, no importa cuántos años pasen siempre seremos los mismos en esencia y tal vez me recuerda esporádicamente por alguna frase específica -es mi caso-, pero no me lo imagino extrañándome a ultranza como lo describían. Recuerdo un hombre sin problemas con los apegos emocionales como yo los tenía entonces y pasando los años, aprendí a hacer algo parecido. Yo le criticaba abiertamente que me tratara como algo desechable, por decirme que si un individuo no le aportaba, lo sacaba de su vida. En aquel momento me molestaba muchísimo si alguien me eliminaba en las redes sociales. Hoy aprendí que quien me quiere es porque soy querible y quien está conmigo es porque desea acompañarme.
Como escritor soy también muy buen lector de las emociones humanas, pues son todo mi capital y sé que un mensaje no es sólo las palabras escritas sino lo dicho de manera subliminal.
«No te agrego sólo porque ahora, nuestros caminos son distintos». Después de seis años ha pasado mucha agua bajo el puente, Carlos y ahora, no creo que tengamos tanto en común como antes. Tu religión o tu nueva forma de vida no concuerda con la mía y tampoco quiero incomodarte. No quiero ser responsable de llevarte por el mal camino.
Al respecto, debo decir nuevamente que siendo musulmán no pretendo alcanzar la santidad. Le habría explicado al Sr. L que según el Islam, tenemos libre albedrío pero cada cosa que nos sucede o hacemos, está escrita en nuestro destino, por lo cual él no sería responsable de mis acciones y además, cuando uno está seguro de su fe, puede ser creyente incluso paseando por el Barrio Rojo de Ámsterdam.
Sin embargo, nuestro intercambio fue tan breve, que ni siquiera nos actualizamos de lo sucedido en nuestras vidas y no habría tenido tiempo de detallar cuestiones teológicas. Entendí que no darme detalles de su vida durante este tiempo ni preguntarme qué ha ocurrido conmigo era porque en el fondo, quería evitar abrir la puerta.
En una segunda respuesta mía, le dije que esperaba retomar nuestra amistad precisamente porque ahora tenemos más diferencias.
Reitero que hace seis años tuve motivos para alejarme y al parecer, Sr. L no estaba tan en desconocimiento de ellos. Sin embargo, tras este tiempo ya no existen esas aprehensiones que tenía por él, lo cual incluso debería hacerle sentir más cómodo ahora que antes.
Si temiera que yo intentara convertirle a mi religión, debe saber algo: en Turquía conocí a un chico del cual quiero proteger su identidad. Tenía entonces veintisiete años y como la mayoría de los jóvenes turcos tradicionales, era casto… Solía destacar hasta el hartazgo todo cuanto era haram o prohibido; si yo quería ir a una discoteca, él me decía «Eso es haram. El verdadero musulmán no frecuenta esos lugares». Pero jamás pensó que se enamoraría de alguien que me acompañaba en el grupo de fanáticas de Tarkan. Con los meses, engañó a su familia para venir a Chile y reencontrarse con su amada, sin importarle que mentirles a los padres fuese incorrecto y fornicar es haram. Fue lo que mi religión denomina un hipócrita. ¿Me entiende, Sr. L?
Yo sé que ser musulmán no me exime de cometer errores. Por eso, sólo digo lo que mi religión dicta si alguien me lo pregunta o es necesario explicar, pues es mi obligación responder y no guardarme el conocimiento… Pero según el propio Islam, se corrige en privado y se felicita en público, por lo cual no debería temer que le predicara de manera molesta para hacerle sentir mal cuando usted hiciera algo que según yo y para mí sería incorrecto. Cada persona sabe lo que hace, más si es adulta y debe hacerse responsable de sí misma.
Me enorgullece decir que durante mi corta vida he tenido amigos cristianos, judíos, musulmanes, de distintas nacionalidades, ideologías políticas, orientaciones sexuales y con un sinfín de características. También he conocido gente que no admite la idea de tener amistades diversas, tolerando sólo aquellas con quienes tienen mucho en común. Me parece que ser igual a mí no es un requisito para establecer una amistad con alguien y al contrario, las diferencias nos enriquecen.
Aunque fue muy amable contestando, no puedo descartar del todo la posibilidad de que estos años estando bloqueado mataran su interés en ser mi amigo y me parece lógico… Desconfiaría si en su respuesta no se dejara ver algo de desdén, pues al fin y al cabo, es humano.
En mi mensaje le hice ver que me habría gustado retomar nuestra amistad, pero entiendo perfectamente que después de seis años le parezca inapropiado y para los dos el alejamiento tuvo en alguna medida, efectos positivos tal como yo creí cuando tomé esa decisión… Por esto, respetaré su deseo de mantenernos alejados y no insistiré como lo hubiese hecho antes, cuando mi idea de la amistad para toda la vida era patética.
Me satisface haber superado añejos rencores por no comprender sus puntos de vista siendo infantil, aunque si mal no recuerdo, él también lo era en algunos aspectos. Tal como le dije, «Hace seis años no habría tenido la madurez suficiente para hablar y tampoco habría tomado a bien que prefirieras mantener las cosas como hasta ahora». Todavía me acuerdo de algunas cosas que pasaron, pero ya no con la misma frustración, siendo capaz de restarles importancia.
Esta aproximación fue buena porque pude comprobar varias cosas:
En primer lugar, que pese a mi arbitrariedad de aquel entonces –justificada, insisto–, no me guarda rencor.
En segundo, que pude ponerle un final feliz a nuestra historia, a diferencia de otras amistades rotas que han terminado muy mal. Además, haberlo bloqueado antes fue apenas ponerle tres puntos suspensivos.
La tercera, que Sr. L ha tenido una buena vida y no está destrozado como me lo describiera en alguna medida el exagerado Esteban. De verdad, me alegra y tranquiliza.
La cuarta, que le di una segunda oportunidad tal como Esteban me pidió tantas veces y ahora, fue Sr. L quien decidió conscientemente no tomarla, por lo cual aunque seguiré siendo parte de su vida y el malo de la película por bloquearlo –no digo que él piense así de mí sino que podría parecerles a algunos–, ya no soy culpable de tomar una decisión unilateral… Si Esteban y yo aún fuésemos amigos, ya no podría señalarme con el dedo, pero con los años he aprendido a restarle total importancia a los inquisidores.
La quinta, que saldé mi deuda con Sr. L y puedo irme tranquilo de esta vida en ese aspecto, inquietud que en principio me motivó a escribirle.
Tal como le dije al despedirme… «Un abrazo cariñoso y que Allâh (cc) siempre te acompañe (Amin)».

Nota 1: Aclaro que no estoy corrigiéndo públicamente al destinatario de este artículo, porque no doy su verdadero nombre.
Nota 2: Después de enviarle este artículo en un mensaje privado de Facebook, me despedí de Sr. L y lo bloqueé,  sólo para respetar su deseo de separar nuestros caminos pero a diferencia de la vez anterior, aquí le doy todas los argumentos sin quedar con cuentas pendientes.

2 comentarios:

Teresa Sottile dijo...

Muy claro amigo
Es asi las personas nos encontramos x algo y x algo nos alejamos
Siempre dejando una leccion
Muchas gracias 💐🍄

Yahya. Carlos Flores A. Escritor. dijo...

De nada, amiga. Un abrazo.

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Yahya. Carlos Flores A.
Escritor chileno.