Hoy es el tercer aniversario del fallecimiento de mi abuelita materna, Victoria Ester Fernández Rojas. Visitar su tumba esta mañana en el Cementerio Católico de Santiago, fue especialmente conmovedor. Es increíble cómo pasa rápido el tiempo; tanto, que lo sucedido me parece cosa de hace apenas unos días. meses a lo sumo.
Para mí, es lo más parecido a lo que la gente describe cuando fallece la madre. Si bien no he pasado por eso todavía, sí sé que la muerte de mi queridísima abuelita fue un golpe, tan sólo comparable a haberme amputado las cuatro extremidades.
Tanto me duele su fallecimiento, que durante dos años fui incapaz de escribir, siendo ésta la actividad que más disfruto, pues fue ella quien a mis cinco años, me despertó la adorable vocación obsequiándome mi primer diario.
Ahora recuerdo pues, la tierna infancia que me hizo vivir, ajena a mis enfermedades físicas y tratamientos médicos, endulzándome día tras día con pequeñas grandes atenciones, inolvidables anécdotas y siendo de buen grado, como aquellas abuelitas en los cuentos de hadas.
Padezco diabetes tipo 1 desde los doce años y hace poco, producto de mis frecuentes descompenzaciones, mamá me dio un dulce llamado mantecado. Al probarlo, inmediatamente recordé que era de aquella golosina que mi abuelita me daba cuando aún no escribía mi primera letra. Ese día, no pude evitar condimentar el sabor con la nostalgia de mis lágrimas.
Así ha pasado el tiempo. Antes de fallecer, alcanzó a ver el primer manuscrito de la novela que pronto publicaré. Al principio, me lamentaba porque no presenciará el lanzamiento y sin embargo, gracias a sucesos como el anterior, comprendí que en los pequeños detalles ella vive. Sólo podrá morir si quienes aún la amamos, dejamos que el olvido nos robe su amable gesto... En cuanto a mí, ruego a Dios que con el paso de los años, no caiga la oscuridad de la senectud sobre mi entonces, frágil memoria.
Para mí, es lo más parecido a lo que la gente describe cuando fallece la madre. Si bien no he pasado por eso todavía, sí sé que la muerte de mi queridísima abuelita fue un golpe, tan sólo comparable a haberme amputado las cuatro extremidades.
Tanto me duele su fallecimiento, que durante dos años fui incapaz de escribir, siendo ésta la actividad que más disfruto, pues fue ella quien a mis cinco años, me despertó la adorable vocación obsequiándome mi primer diario.
Ahora recuerdo pues, la tierna infancia que me hizo vivir, ajena a mis enfermedades físicas y tratamientos médicos, endulzándome día tras día con pequeñas grandes atenciones, inolvidables anécdotas y siendo de buen grado, como aquellas abuelitas en los cuentos de hadas.
Padezco diabetes tipo 1 desde los doce años y hace poco, producto de mis frecuentes descompenzaciones, mamá me dio un dulce llamado mantecado. Al probarlo, inmediatamente recordé que era de aquella golosina que mi abuelita me daba cuando aún no escribía mi primera letra. Ese día, no pude evitar condimentar el sabor con la nostalgia de mis lágrimas.
Así ha pasado el tiempo. Antes de fallecer, alcanzó a ver el primer manuscrito de la novela que pronto publicaré. Al principio, me lamentaba porque no presenciará el lanzamiento y sin embargo, gracias a sucesos como el anterior, comprendí que en los pequeños detalles ella vive. Sólo podrá morir si quienes aún la amamos, dejamos que el olvido nos robe su amable gesto... En cuanto a mí, ruego a Dios que con el paso de los años, no caiga la oscuridad de la senectud sobre mi entonces, frágil memoria.








